La maestra llegó temprano, como si hubiera algo que todavía no sabía pero ya la estuviera esperando. Cuando algo no cerraba, hacía eso: llegar antes y acomodar las sillas.
Había un patrullero en la puerta. El agente no hablaba con nadie. Miraba la vereda con una atención que parecía espera. Tenía la mano apoyada sobre la radio, sin usarla. La maestra pasó a su lado y sintió, sin motivo claro, que él sabía algo que ella todavía no.
Adentro, la vicedirectora revisaba el celular en el pasillo. Dijo buenos días con una voz demasiado normal.
En el aula había diecinueve sillas. Faltaban cuatro chicos. Nadie había avisado ausencia. En el grupo de padres alguien había escrito por las dudas. Nadie preguntó por qué.
A las ocho y cuarto llegó el protocolo. Llegó después de que todos ya se comportaran como si existiera. Una hoja doblada en tres. La vicedirectora golpeó cada puerta una sola vez antes de entregarla. Decía cómo ingresar, cómo circular, qué hacer si. La frase quedaba abierta. La maestra buscó una continuación que no estaba.
La clase empezó sin preguntas. El patrullero, las ausencias, la hoja nueva: todo permaneció sin nombre.
Cuando sonó el timbre del recreo, ningún chico se movió. Esperaron. La maestra dijo pueden salir. Salieron despacio y se agruparon en el centro del patio, lejos de los bordes, como si alguien les hubiera enseñado eso sin enseñárselo.
Lautaro se quedó en el aula. Doce años, el buzo siempre al revés. Preguntó en voz baja si era verdad que iba a pasar algo. La maestra dijo que no. Él la miró un momento más de lo necesario y después asintió.
Entonces ocurrió.
Primero un golpe seco.
Después los disparos.
Rápidos. Cercanos. El sonido entró por debajo de la puerta como agua. Dos chicas se tiraron al piso. Un nene gritó algo que no llegó a ser palabra. Lautaro se pegó a la pared con los brazos sobre la cabeza.
La maestra no se movió. El cuerpo no recibió ninguna instrucción. El protocolo estaba en su bolsillo y no servía para eso.
Los disparos duraron segundos. O más. El tiempo dejó de funcionar.
Después llegó la risa.
La puerta se abrió y apareció Brayan, el celular en alto, doblado sobre sí mismo, riéndose sin poder parar. El volumen seguía reproduciendo tiros. Nadie entendió enseguida que era una broma.
Nadie se rió.
Las chicas se levantaron despacio. El nene miraba el piso. Lautaro abrió los ojos y se acomodó el buzo. La maestra seguía en el centro del aula. El sonido había sido igual. Su cuerpo no había pedido pruebas.
Brayan apagó el teléfono. El silencio cayó de golpe.
Al mediodía, la maestra encontró en el protocolo una frase que no recordaba haber leído: en caso de no poder evacuar, permanezca en el aula con la puerta cerrada. Lo dobló otra vez y lo guardó.
A las dos se fueron los últimos chicos. El patrullero ya no estaba.
Antes de salir, la maestra se detuvo a escuchar. Silencio. No el mismo de la mañana.
Empujó la puerta.
La bolsa de plástico seguía en la vereda. La miró apenas.
Era solo una bolsa.
Esta vez.
Siguió caminando.
J. Noriega
imagen. IA













