No vine porque estuviera mal. Vine porque algo empezaba a ceder. No era un síntoma evidente ni una crisis reconocible. Era más bien la sensación de perder lugar sin que nadie me hubiera desplazado. Como si el suelo siguiera ahí, pero ya no respondiera del mismo modo bajo mis pasos.
Usted no pregunta demasiado al principio. Me deja hablar. Y yo hablo como siempre hablé: ordenando, explicando, reconstruyendo trayectorias. Digo que trabajo, que pienso, que sostengo responsabilidades. Que todo funciona. Pero mientras hablo aparece una palabra que no esperaba: sostener. La repito varias veces. Sostener una tarea. Sostener vínculos. Sostener una posición.
Ahí entiendo algo incómodo.
Quizá vine porque estoy cansado de sostener.
No es agotamiento físico. Es otra cosa. La sospecha de que el lugar que ocupé durante años —el que organiza, el que comprende, el que mantiene cierta estabilidad— empezó a volverse una carga silenciosa. Como si permanecer en ese lugar exigiera renunciar lentamente a algo propio.
Usted pregunta: ¿qué pasaría si dejara de sostener?
La pregunta resuena como amenaza. Porque dejar de sostener no significa descansar; significa ceder. Y ceder, en mi historia, siempre estuvo asociado a perder. Perder reconocimiento, perder sentido, perder identidad. Aprendí temprano que el lugar se conserva trabajando más, pensando más, anticipándose más.
Entonces aparece el conflicto.
No sé quién soy fuera del lugar que construí.
Hablar de esto produce una incomodidad física. Siento que si abandono esa posición algo puede desordenarse. No solo afuera. También adentro. Como si el yo dependiera de esa función para existir. Mantenerse necesario fue, quizá, una forma de asegurarse presencia en el mundo.
Usted guarda silencio otra vez. Ese silencio pesa. Porque deja sin apoyo las explicaciones. Empiezo a notar que muchas decisiones importantes no nacieron del deseo sino del temor a desaparecer simbólicamente. Estar era ocupar un lugar. Y ocupar un lugar implicaba no aflojar nunca.
La palabra ceder vuelve.
Ceder tiempo.
Ceder control.
Ceder centralidad.
Suena a derrota. A desplazamiento. A quedar afuera de algo que todavía no sé nombrar. Pero mientras lo digo aparece otra posibilidad: tal vez ceder no sea perder lugar, sino abandonar una defensa que ya no hace falta.
No estoy seguro de creerlo. Parte de mí insiste en que si dejo de ocupar ese sitio alguien más lo hará y yo quedaré sin función. Como si la vida fuera un espacio limitado donde solo se existe mientras se sostiene una posición reconocible.
Usted interviene apenas: ¿y si el lugar nunca fue suyo, sino una respuesta a algo anterior?
La frase queda suspendida.
Empiezo a pensar que quizá ese lugar nació en otro tiempo, cuando era necesario resistir, ordenar, mantenerse firme frente a la incertidumbre. Tal vez funcionó. Tal vez me permitió avanzar. Pero ahora esa misma estructura comienza a estrechar la experiencia. Lo que antes protegía hoy limita.
La sesión avanza y algo se afloja apenas. No una solución. Más bien una fisura. La idea de que perder lugar podría ser también dejar de vivir bajo una exigencia constante de permanencia.
No sé todavía cómo se hace eso.
El tiempo termina. Usted mira el reloj y dice que seguimos la próxima semana. Me levanto con una sensación ambigua: alivio y temor mezclados. Como si hubiera tocado el borde de algo importante sin poder todavía atravesarlo.
Salgo a la calle.
Camino despacio.
Nada cambió afuera.
Pero por primera vez aparece una pregunta distinta:
si dejo de defender mi lugar…
¿qué parte de mi vida podría finalmente empezar?
J. Noriega
imagen. IA













