Una ciudad comienza a perder sus nombres.
No de golpe, no por decreto: las placas de las calles amanecen en blanco una mañana sin que nadie pueda decir cuándo ocurrió exactamente. Babelia —ciudad sin ubicación precisa, ciudad que podría ser cualquier ciudad— inicia así una transformación que no tiene marcha atrás. Los nombres propios de las calles son reemplazados por nombres de poetas. Los poetas, por versos. Los versos, por símbolos que cada habitante lee de manera distinta. El lenguaje deja de describir la ciudad y empieza a constituirla. Los mapas dejan de coincidir. Las pantallas comienzan a ajustar su imagen a quien las mira. Los edificios colapsan sin causa visible y sin víctimas, como si la ciudad ensayara versiones de sí misma.
En medio de esa transformación se encuentran Jun y María.
Él trabaja con documentos que han perdido su contexto. Ella restaura libros dañados, sosteniéndolos en la forma que les quedó. Los dos atraviesan la misma ciudad inestable, pero no exactamente la misma ciudad: él ve patrones donde ella percibe pérdida, él busca la lógica del sistema donde ella confía en la resistencia de los materiales. Entre esa diferencia —que es también una forma de amor, o su condición— se desarrolla una relación que la ciudad interroga sin cesar.
Babelia continúa mutando. Los certámenes poéticos no terminan nunca. Los niños envejecen prematuramente y aprenden a discutir presupuestos imaginarios antes de aprender a correr. Una enfermedad de palabra se propaga usando como vector los propios intentos de nombrarla. Las lenguas se multiplican hasta que hablar se convierte en traducción permanente. Los símbolos en las placas cambian según quién los mira. El silencio se vuelve la única forma de habitar juntos lo que ya no puede ser dicho.
Construida como una sucesión de partes breves con la cadencia de la poesía y la densidad de la prosa, Babelia es una novela sobre lo que ocurre cuando el lenguaje deja de garantizar un mundo común. Sobre las ciudades que cambian y los amores que cambian dentro de ellas. Sobre la diferencia entre perder algo y verlo transformarse. Y sobre lo que persiste —el río, los árboles, los gatos en los canteros, el calor de dos cuerpos en la misma oscuridad— cuando todo lo demás ha dejado de coincidir.
Una novela que no termina. Se dispersa. (Julián Noriega – JN)

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