Había llovido durante cuarenta días sobre la ciudad literaria y los libros se pudrían en las mesas de las editoriales. Nadie compraba. Los críticos K interpretaron la inundación como señal: el mercado hablaba, el mercado siempre habla, y lo que decía era que la poesía difícil debía terminar. Lo que no se deja resumir en dos líneas no merece existir. Lo que no ilustra una tesis ya sabida es ornamento. Lo que es ornamento es complicidad.

El poeta era libertario. Eso fue su primer error.

Lo vieron desde lejos — venía con un manuscrito bajo el brazo, sin credenciales de ningún suplemento cultural, sin fotografía de perfil verificada, sin el nombre correcto en los agradecimientos de nadie. Traía versos que no cerraban. Imágenes que no ilustraban ninguna tesis previa. Un poema que comenzaba con silencio y terminaba más adentro del silencio, sin haber explicado nada, sin haber pedido permiso para no explicar. Había algo en su modo de caminar que también era un poema: no miraba hacia donde iba sino hacia donde había estado, y aun así no tropezaba.

Eso no es poesía, dijeron. Eso es hermetismo reaccionario disfrazado de vanguardia.

La sala de juicio era una plataforma digital con comentarios habilitados.


Lo rodearon con citas. Lo ataron con nomenclaturas. Un crítico K enunció que el poema carecía de agencia política directa — y los demás asintieron hacia arriba en la pantalla, que es el gesto moderno de la aprobación colectiva. Otro señaló que su bibliografía era sospechosamente europea, que su silencio era un privilegio que no se enunciaba como tal. Un tercero escribió que el ritmo sin contenido explícito era evasión, y que la evasión era siempre política, y que esa política era la peor porque no se declaraba.

El poeta no respondió en el hilo.

Eso fue su segundo error, dijeron. Interpretaron el silencio. Publicaron la interpretación. La interpretación tuvo más likes que el poema.


Lo convocaron a una mesa redonda. Mesa sin bordes, sin cuerpo: cuatro rectángulos en pantalla y un moderador que sonreía demasiado. Le pidieron que dijera, en una frase, de qué trataba el poema.

El poeta miró la pantalla y dijo: es un poema sobre la pérdida.

Supo en ese momento que había cometido un error. No porque fuera mentira — era verdad, de un modo lateral y parcial — sino porque era traducible. Había entregado una frase que cabía en una reseña, y al entregarla había cedido la opacidad del poema, su negativa constitutiva a ser resumido. Lo había dicho por cansancio.

¿Pérdida de qué?, preguntó el moderador, sonriendo ahora con más dientes.

La frase traducible exigía otra, y esa otra exigiría una más, y al final quedaría una explicación completa de lo que el poema había pasado años negándose a ser. El poeta lo vio todo en el segundo entre la pregunta y su propia boca.

No lo sé, dijo. Era la verdad más grande que había dicho en toda la tarde, pero sonó a evasión, y en esa sala la verdad que suena a evasión es evasión.

¿Ve?, dijo alguien fuera de campo. Ni él sabe de qué trata.

El poeta cerró el manuscrito. Nadie lo vio porque nadie miraba el manuscrito. Pero fue un gesto definitivo: no de derrota sino de sustracción. Lo que se cierra no puede ser juzgado.


Lo desnudaron de contexto. Le quitaron la genealogía. Cada verso fue sometido a lectura de superficie: lo que no producía argumento era ornamento, lo que no argumentaba era silencio cómplice, lo que era bello sin justificarse era sospechoso de algo que aún no tenía nombre pero que encontraría uno antes del cierre de la edición.

Esperaban que la fisura del principio se abriera hasta partirlo. Que firmara en el lugar indicado que comprendía el daño causado.

El poeta no firmó. Había cedido una frase. No cedería el cuerpo entero. Una fisura no es una derrota — es prueba de que hubo presión real sobre algo real.

Y entonces algo se rompió adentro. Sin sangre visible. Una hemorragia interna, lenta, que los críticos K no supieron leer porque no estaba en el texto sino debajo del texto, en el lugar donde la carne del lenguaje se niega a convertirse en argumento.

Era libertario hasta eso: murió antes de ser ejecutado, y les negó la ejecución.


Los críticos K escribieron la reseña al día siguiente. Dijeron que el poeta había admitido no saber de qué trataba su propio poema. Lo citaron. La cita era exacta y no decía nada de lo que había querido decir.

La sala aplaudió hacia arriba.

El manuscrito quedó sobre la mesa, cerrado, sin nombre.

Nadie lo tocó.

J. Noriega

imagen. IA

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