Camilo despertó a las seis y veinte de la mañana con una sensación extraña: no de dolor, sino de humedad. Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo, intentando recordar si había soñado algo. La habitación estaba igual que siempre. La persiana entreabierta, la luz gris entrando por la ventana, el ruido lejano de un colectivo pasando por la avenida.
Entonces tocó la almohada.
La mano quedó manchada de rojo.
Se incorporó lentamente. La funda blanca estaba empapada en una zona circular, como si durante la noche alguien hubiera dejado caer sobre ella un pequeño recipiente de sangre. Miró su cuerpo. No encontró ninguna herida. Revisó la nariz, la boca, las orejas. Nada.
Pensó que tal vez había ocurrido mientras dormía. Un sangrado inexplicable, algo pasajero. Cambió la funda, lavó la almohada y siguió con su día.
Pero la imagen permaneció.
Al mediodía pidió turno con un médico.
El doctor revisó sus signos vitales, observó su piel, hizo preguntas sobre golpes, medicamentos, antecedentes familiares. Camilo respondía con tranquilidad. Lo curioso era que no sentía miedo. Le parecía más extraño que grave. La sangre había aparecido, pero su cuerpo seguía funcionando como siempre.
—Vamos a hacer algunos estudios —dijo el médico—. Análisis de sangre, algunas imágenes. Puede ser algo simple.
Camilo asintió.
Salió del consultorio con una carpeta en la mano y la sensación de que llevaba un problema que todavía no tenía nombre.
Al llegar a su casa dejó los papeles sobre la mesa de la cocina. Puso agua para el mate. Abrió una ventana. La tarde estaba quieta.
Entonces sintió algo tibio bajar por su cuello. No se alarmó al principio. Pensó que era una transpiración extraña. Se tocó la oreja. Sus dedos quedaron rojos.
La sangre comenzaba a salir de ambos oídos.
No era abundante. No caía como una herida abierta. Simplemente aparecía, como si su cuerpo hubiera decidido liberar algo que no estaba destinado a permanecer dentro.
Camilo se sentó en una silla. Esperó.
La sangre continuó unos minutos y después se detuvo. No hubo mareo. No hubo dolor. No hubo debilidad. Se limpió con una toalla y miró el espejo del baño. Su rostro seguía siendo el mismo.
Durante los días siguientes ocurrió nuevamente.
Primero fue la boca. Una mañana, mientras tomaba café, una línea roja descendió por su labio. Después los dedos: pequeñas gotas que aparecían en las yemas, sin cortes visibles. Luego los pies, dejando marcas sobre el piso cuando caminaba descalzo.
Camilo comenzó a llevar un registro.
Día.
Hora.
Lugar.
Cantidad.
Como si anotara la lluvia.
Los médicos no encontraron nada. Los estudios eran normales. No había enfermedad, lesión ni explicación. Algunos hablaron de casos extraños. Otros repitieron que la medicina todavía tenía zonas desconocidas.
Pero Camilo no se sentía enfermo. Esa era la parte que más inquietaba a todos. Porque una enfermedad debería cambiar algo. Debería traer fiebre, dolor, cansancio, alguna señal de lucha entre el cuerpo y aquello que lo invade.
En él no había lucha. Su cuerpo simplemente sangraba.
Una noche se sentó frente al televisor apagado y observó sus manos durante mucho tiempo. Pensó que durante toda su vida había creído que el cuerpo era una propiedad, algo que obedecía órdenes, un lugar que habitaba.
Ahora comprendía que quizás era al revés. Quizás él era apenas una presencia pasajera dentro de algo que seguía sus propias reglas.
A las tres de la mañana una gota cayó desde su dedo índice. Después otra. Después ninguna.
Camilo esperó. El silencio volvió a ocupar la casa.
Se levantó, caminó hasta la ventana y miró la calle vacía. Los autos pasaban, las luces se encendían y apagaban, alguien en algún edificio preparaba café para comenzar el día.
Todo continuaba.
Como si nada estuviera ocurriendo. Como si un hombre que sangraba sin estar herido fuera apenas otra forma de la normalidad. Camilo cerró la ventana. Por primera vez desde aquella mañana no limpió la sangre.
La dejó ahí. Como una señal. Y comenzó a leer el evangelio.
J. Noriega
imagen. IA














