Esta mañana encontré un viejo ejemplar de El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano. El libro apareció mientras ordenaba una biblioteca olvidada, entre papeles amarillentos y fotografías de otro tiempo. Afuera, las pantallas anunciaban el comienzo de un nuevo Mundial. Estadísticas en tiempo real, modelos predictivos, apuestas digitales y análisis tácticos ocupaban cada rincón de la conversación pública. La coincidencia produjo una pregunta sencilla: ¿qué diferencia existe entre el fútbol que imaginó Galeano y el fútbol que vemos hoy?

La respuesta no remite solamente a una cuestión geográfica. Habla de dos maneras distintas de entender el juego. Durante décadas, Europa construyó un fútbol asociado a la organización, la disciplina táctica y la administración eficiente de los recursos. La profesionalización creciente transformó a los clubes en estructuras empresariales de escala global. El jugador comenzó a ser evaluado mediante datos, métricas de rendimiento y proyecciones de mercado. La tecnología amplió la capacidad de controlar cada detalle del partido. Nada de esto constituye un problema en sí mismo. De hecho, buena parte del extraordinario desarrollo contemporáneo del fútbol surge de allí. Sin embargo, cuando la lógica de la optimización se vuelve dominante, el juego corre el riesgo de parecerse demasiado a aquello que intenta administrar.

En América Latina, en cambio, el fútbol nació ligado a otra experiencia. Los potreros, las calles de tierra, las playas brasileñas y los barrios populares produjeron una relación diferente con la pelota. La creatividad no aparecía como un complemento de la táctica, sino como su punto de partida. La gambeta, la pausa inesperada, el pase imposible o el gesto técnico aparentemente inútil formaban parte de una cultura donde jugar era también inventar. Galeano comprendió esa singularidad. Cuando escribía sobre Garrincha, Pelé o los viejos equipos rioplatenses, no describía únicamente grandes futbolistas. Registraba una forma de entender el mundo donde la libertad todavía podía irrumpir en medio del orden.

Sin embargo, la frontera entre ambos universos se volvió cada vez más difusa. El mercado global integró al fútbol en una red económica de alcance planetario. Los jóvenes talentos emigran cada vez más temprano. Los clubes históricos se transforman en marcas internacionales. Las academias de formación buscan reducir la incertidumbre desde edades cada vez menores. La creatividad misma se convierte en un activo valioso dentro de una industria multimillonaria. El Sur ya no está fuera de la lógica del Norte; convive con ella todos los fines de semana.

Y aun así, algo permanece. Persiste cuando un jugador intenta una jugada que nadie esperaba. Cuando una gambeta rompe el libreto. Cuando el estadio entero se levanta de sus asientos porque durante unos segundos ocurrió algo imposible de anticipar. Quizás por eso seguimos mirando fútbol. No para confirmar lo que los datos ya saben, sino para asistir a aquello que todavía escapa al cálculo. El Mundial comienza una vez más entre algoritmos, porcentajes y predicciones. Pero en algún lugar del campo seguirá apareciendo esa chispa imprevisible que Galeano veía en el juego. Tal vez allí sobreviva la razón más profunda por la que el fútbol continúa emocionándonos: porque todavía conserva la capacidad de sorprender incluso a quienes creen haberlo explicado todo.

J. Noriega

imagen. IA

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