Carlitos y Ramona eran hermanos.

Desde chicos habían aprendido que algunas cosas funcionaban mejor entre los dos. Una mirada alcanzaba cada vez. Una llamada. Una fecha.

Ramona trabajaba en el Tribunal de Cuentas. Carlitos gestionaba fondos nacionales destinados a obras y programas. Descubrieron que el tiempo administrativo podía acomodarse.

Una entrega podía demorarse. Un expediente podía llegar después de una firma. Una transferencia podía registrarse antes.

No hacía falta falsificar demasiado. Bastaba con mover el momento exacto en que cada cosa debía ocurrir.

La primera vez fue dinero. Después fueron terrenos, autos y un departamento. Algunas propiedades quedaron a nombre de ambos. Ramona guardaba los documentos en una carpeta azul.

Funcionó durante años.

Hasta que Carlitos empezó a jugar. Primero perdió dinero. Después empezó a perder fechas. La timba lo extravió.

Una escritura registraba una venta que todavía no había hecho. Un automóvil figuraba transferido antes de ser comprado. Un terreno aparecía hipotecado a nombre de alguien que no existía.

Ramona revisó la carpeta. Los documentos parecían auténticos. Lo peor era que algunos habían sido preparados antes de los hechos.

Entonces encontró el nombre de su hijo.

La hoja correspondía a una operación hecha en el pasado. El muchacho todavía era joven, pero los documentos lo nombraban propietario, garante, responsable y deudor. En uno constaba su fallecimiento.

La fecha era anterior a su nacimiento.

Esa noche Ramona encontró una fotografía entre los documentos. Aparecían Carlitos, ella y su hijo frente al Tribunal de Cuentas. El muchacho tenía diez años.

En el reverso había una fecha: la de la semana siguiente.

Ramona se la mostró a su hijo.

—Ese día no quiero estar ahí —dijo él.

—¿Por qué?

—Porque ya sé lo que pasa.

Ramona pensó que estaba jugando. Dejó de pensarlo cuando describió una casa que todavía no pertenecía a la familia y explicó cómo sería embargada.

La casa apareció en un expediente días después.

Desde entonces recordaba cosas que todavía no habían ocurrido.

También cambió.

Primero fueron las ojeras. Después, la voz más grave. Una semana más tarde parecía mayor.

Ramona volvió a la carpeta.

Había una nueva hoja:

Edad del heredero: pendiente de actualización.

Al día siguiente:

Edad del heredero: treinta y dos años.

Cada mañana despertaba distinto: veinticinco, treinta, cuarenta. Una vez apareció con el cabello blanco.

Ramona intentó llevarlo al hospital. No figuraba como paciente, nacido ni fallecido.

Al regresar encontró otra carpeta azul. Dentro había tres expedientes: nacimiento, infancia y el día siguiente.

Carlitos desapareció esa noche.

A la mañana siguiente llegó una escritura que transfería sus propiedades al sobrino, firmada por él y fechada ese mismo día también.

Ramona comprendió: ya no acomodaban las fechas. Las fechas acomodaban sus vidas.

Abrió la carpeta.

Las fotografías habían cambiado: diez años, veinte, cincuenta. En la última aparecía frente al Tribunal de Cuentas, anciano.

En el reverso decía:

Primera comparecencia del heredero.

La fecha era la mañana siguiente.

Al amanecer, el muchacho entró en la cocina. Tenía el rostro de un hombre viejo. Dejó la carpeta sobre la mesa.

Todas las hojas estaban en blanco.

Ramona creyó que había terminado.

Entonces apareció una línea:

Expediente cerrado.

Después:

Responsables identificados.

Carlitos.

Ramona.

El hijo.

La última línea apareció lentamente:

Vínculo familiar: inexistente.

Ramona miró al hombre. Intentó recordar desde cuándo lo conocía. No pudo.

El hombre comenzó a desaparecer: primero las manos, después el rostro, después la ropa.

Ramona extendió los brazos. No sabía a quién abrazar.

Quedó la carpeta azul.

La última hoja terminó de escribirse:

Caso resuelto.

Amanecía.

Ramona comprendió o quiso comprender: la corrupción había empezado con el dinero y las propiedades, había pasado a los documentos, luego al tiempo y finalmente a ellos.

J. Noriega

imagen. IA

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