Beatriz había aprendido a jugar antes de aprender que el fútbol tenía el hábito de ser impredecible.

De gurisa le intrigaba algo obvio para un futbolista. Una compañera que corría hacia un espacio vacío antes de que llegara la pelota. Aquello le parecía absurdo. Si el espacio estaba vacío, ¿para qué correr hasta ahí?

La entrenadora, en cambio, asentía.

—Bien.

Después detenía el ejercicio.

—Error.

Beatriz miraba a la compañera, al espacio, a la pelota. Todo parecía en orden. Muchos años después entendió que ése era justamente el problema. El fútbol estaba lleno de cosas que parecían estar en orden, pero el desorden también juega.

Una jugadora podía ocupar el lugar indicado y quedar afuera de la jugada. Podía recibir la pelota en el momento previsto y perderla porque, mientras tanto, el momento había cambiado.

Las posiciones no eran lugares. Eran relaciones. Y las relaciones, como el río cuando se pone tenso, se movían impredecibles.

Beatriz aprendió a jugar leyendo lo que todavía no había ocurrido. Veía un hueco antes de que se abriera, una carrera antes de que empezara, una pelota quieta y, detrás de ella, todo el despelote que podía producir.

Eso la hizo buena. Buenísima. También la volvió una desconfiada.

La final terminó empatada. La prórroga también. Penales.

Caminó con sus compañeras hacia el círculo central. Tenía barro en las medias, la nuca mojada y el corazón golpeándole como si quisiera participar del partido por su cuenta.

La arquera rival se paró bajo el travesaño. La conocía. Habían jugado juntas en juveniles. Recordaba un detalle: cuando estaba nerviosa, adelantaba apenas el pie derecho.

Lo había visto durante el partido.

Ahora volvió a hacerlo. O eso creyó.

Caminó hacia el punto penal.

La tribuna rugía, pero desde allí parecía lejana. Colocó la pelota. La acomodó una vez. Después otra. Retrocedió cuatro pasos. La arquera levantó los brazos. Pie derecho.

Beatriz esperó.

La arquera lo movió apenas hacia adelante.

Ahí.

El error. Ahí.

Por un instante sintió una tranquilidad perfecta. Había encontrado la grieta. La había leído antes de que se abriera.

El árbitro hizo sonar el silbato.

Corrió.

La arquera se tiró.

Beatriz cruzó el remate.

Travesaño.

El golpe seco hizo callar al estadio. La pelota bajó, rebotó delante de la línea y quedó inmóvil. Nadie respiraba.

Entonces sonó otro silbato.

El árbitro señalaba a la arquera. Se había adelantado. Penal repetido.

Beatriz no se movió.

Miró la pelota. Después a la arquera. La arquera también la miraba. Ya no tenía el pie adelantado. Sintió algo parecido al miedo.

Volvió a caminar.

Mientras se acercaba al punto, comprendió que todos esperaban que hiciera lo mismo. Incluso ella. La pelota seguía allí. Pero no era la misma.

Ella tampoco.

La arquera había aprendido algo de su remate. Y Beatriz acababa de aprender algo peor: que anticipar una jugada también podía modificarla.

Colocó nuevamente la pelota. Retrocedió cuatro pasos. No miró los pies de la arquera. Miró el arco.

El silbato sonó.

Arrancó. La arquera se movió antes de tiempo. Beatriz frenó apenas. La arquera corrigió. Demasiado tarde. El remate salió bajo, junto al palo.

Durante una fracción de segundo nadie supo si había entrado. Después escuchó el golpe contra la red.

Gol.

Sus compañeras corrieron hacia ella. Beatriz permaneció quieta. Miró el punto penal. Había quedado una pequeña marca en el césped.

Nada más.

El primer penal había modificado el segundo. El segundo había modificado a la arquera. La arquera había modificado su decisión. Y su decisión había cambiado el lugar donde la pelota podía llegar.

Todo había sido una sucesión de errores. Solo uno se mostraba un acierto.

J. Noriega

imagen. IA

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