Mientras él me leía el diagnóstico pensé en una pelota que me había regalado mi viejo.

No sé por qué.

Estaba sentado frente a él, en una oficina demasiado blanca, con una planta de plástico en una esquina y una ventana que daba a un patio interno. Él hablaba despacio. Tenía el informe abierto sobre el escritorio y señalaba algunas partes con el dedo.

Dijo que había ciertas dificultades.

Dijo que algunas situaciones sociales podían resultarme más complejas de lo esperado.

Dijo que necesitaba anticipación.

Que los cambios imprevistos podían generar malestar.

Que convenía establecer procedimientos.

Yo miraba su dedo avanzar por la hoja.

Entonces pensé en la pelota.

Era de goma, aunque ahora no estoy seguro de que fuera de goma. Tal vez era de cuero. Mi viejo me la había regalado cuando yo tendría ocho o nueve años. No recuerdo dónde fue. Sí recuerdo que la levantó del suelo, la limpió con la manga y me la alcanzó.

—Es tuya.

Después me fui al patio.

Eso es todo.

La imagen desapareció y volvió el hombre de la oficina.

Dijo algo sobre la comunicación.

Después habló de las rutinas.

Pensé en el árbol de la casa de mi abuela.

Era un árbol grande, aunque tampoco sé si realmente era tan grande. Estaba en el fondo, cerca de una pared baja. Yo me sentaba debajo cuando iba de visita. No jugaba. Me quedaba ahí mirando las hojas. A veces escuchaba a los adultos conversar en la cocina.

Mi abuela me llamaba.

Yo no contestaba enseguida.

No porque no la oyera.

Simplemente estaba mirando una rama.

El hombre seguía leyendo.

Había palabras que reconocía y otras que parecían pertenecer a alguien que se llamaba como yo.

Dijo que aquello permitía comprender determinadas conductas de mi infancia.

Pensé entonces en el patio de la Escuela Sarmiento.

Las baldosas.

Una pelota que golpeaba contra una pared.

El árbol que estaba junto al mástil.

Un recreo de invierno.

Una vez me había quedado mirando cómo una hormiga arrastraba una miga enorme. Los demás corrían alrededor. Alguien me gritó que fuera a jugar. No fui.

Durante años recordé aquella escena sin saber por qué.

Ahora el diagnóstico parecía ofrecerme una respuesta.

Eso me incomodó.

Porque una respuesta también podía ser una forma de cerrar una cosa.

Él terminó de leer.

Cerró la carpeta.

Me miró.

—Bien —dijo—. Ahora que lo sabe, ¿qué va a hacer?

Pensé varios segundos.

La pregunta parecía sencilla, pero no encontraba dónde ponerla.

Miré la carpeta cerrada.

Pensé en la pelota.

En mi viejo.

En la casa de mi abuela.

En el árbol.

En el patio de la Escuela Sarmiento.

Todas esas cosas estaban juntas en mí, aunque no tenían ninguna relación que yo pudiera explicar.

—Tal vez debería haber estudiado matemática —dije.

Él sonrió apenas. Esperó. Yo también.

No sabía si esperaba una explicación o si esperaba que apareciera alguna.

Entonces recordé algo más.

La pelota no era de goma.

Era de cuero.

Lo supe con una certeza repentina.

Mi viejo la había sacado de una caja vieja. Tenía una costura abierta en un costado y una mancha oscura cerca de la válvula. Antes de dármela había dicho:

—No la pierdas.

Sentí una especie de alivio.

No por el diagnóstico.

Por haber recuperado ese detalle.

Él volvió a abrir la carpeta.

—Podemos hablar de las estrategias que podrían ayudarte.

Asentí.

Esta vez lo escuché.

O intenté escucharlo.

Pero mientras hablaba pensé que quizás toda mi vida había consistido en eso: alguien señalaba una cosa y yo terminaba mirando otra.

No sabía si era un problema.

Tampoco sabía si era una respuesta.

Por la ventana entraba una luz gris.

Pensé en el árbol.

Y durante unos segundos tuve la sensación extraña de que el patio de la escuela estaba del otro lado de la pared, exactamente donde ahora estaba la oficina.

No dije nada. Él siguió leyendo.

J. Noriega

imagen. IA

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