Llevaba cinco años de una condena de quince.
Durante mucho tiempo midió los días con los cambios de guardia, las pocas visitas y las ausencias; también con una ventana desde la que apenas alcanzaba a ver una franja de cielo.
Después apareció la Biblioteca.
Estaba al lado del pabellón. Comenzó a entrar durante esas horas en que la prisión repetía su movimiento. La primera vez fue para escapar de la lluvia.
Sobre una mesa encontró un libro de Marita.
Lo abrió. Leyó.
Había bicicletas, calles, cartas, miedo, relojes. Las palabras no hablaban de la cárcel y, sin embargo, parecían haber encontrado exactamente el lugar donde estaba.
Volvió al libro durante días.
En uno de los poemas encontró una frase: «el sensible miedo a ser felices». Se quedó mirándola. Apoyó un dedo sobre el papel, como si quisiera comprobar que seguía allí.
No pensó que hablara de él.
Pensó en las habitaciones que uno construye para esconderse y que, con el tiempo, ya no sabe si son refugios o paredes.
Esa noche soñó con una bicicleta que avanzaba por los pasillos de la cárcel. No tenía conductor.
A la mañana siguiente, el libro estaba abierto.
No recordaba haberlo dejado así. La página era otra. La misma frase estaba allí.
O casi.
Desde entonces comenzó a escribir en un cuaderno pequeño. No escribía sobre el juicio ni sobre la mujer a la que había intentado matar.
No buscaba una versión menos terrible.
Sabía que las palabras no podían borrar un acto ni convertir la responsabilidad en inocencia. Quería ver qué quedaba de él cuando dejaba de repetir las frases con las que se había defendido.
Una tarde escribió una carta para Marita.
Le contó que estaba preso, que llevaba cinco años de una condena de quince y que había encontrado sus poemas en la Biblioteca de una cárcel.
No pidió comprensión ni una respuesta. Solo quería que la carta atravesara la distancia.
Al final agregó un poema. Era el primero que escribía.
Decía:
«La luz entra por los silencios
y no pregunta quién soy».
Dejó el lápiz.
Afuera oscurecía. Entonces la luz de la ventana atravesó las rejas y cayó sobre el piso.
Formó una cuadrícula.
Levantó la cabeza. El sol ya no podía estar allí.
La sombra de los barrotes continuó creciendo: avanzó por el suelo, llegó hasta los estantes, tocó la mesa y la puerta.
Todo quedó unido.
Contó los espacios.
Diez.
Volvió a contarlos.
Diez.
Pensó en los años que le quedaban.
Guardó la carta y apagó la lámpara.
La cuadrícula siguió allí.
No venía de la ventana ni de la lámpara. Estaba sobre el piso como si siempre hubiera estado.
Permaneció quieto.
Al día siguiente buscó el libro de Marita.
No estaba en el estante. El nombre tampoco aparecía.
Recordaba la tapa, la mesa, la mancha de tinta junto a una página.
—Ese libro nunca estuvo acá —le dijeron.
Regresó a su mesa.
Sobre ella estaba el cuaderno.
Lo abrió.
En una página que no había escrito había una sola línea:
«Todavía quedan diez poemas».
Cerró el cuaderno.
No sintió miedo. Algo había cambiado de lugar. Esa noche durmió poco. Al día siguiente siguió leyendo.
Ya no buscaba olvidar. La luz avanzó una casilla.
Nada se movió.
J. Noriega
imagen. IA














