Todavía estaba caliente la sangre derramada por los paraguayos aniquilados durante la guerra de la Triple Infamia cuando Bartolomé Mitre, uno de los responsables de la masacre, fundó La Nación. Fue el 4 de enero de 1870 y tras haber arrasado con el federalismo y el latinoamericanismo, sentenció que ese diario sería “una tribuna de doctrina”. 139 años después es tiempo de debatir sobre su pasado y su presente.

Por Eduardo Blaustein
Autor del libro Decíamos ayer

 

“Procesión rodante y aullante… una ululante bacanal demagógica… un raid callejero… una manifestación que por su confuso abigarramiento y su inofensiva truculencia recordaba a la vez a la Mazorca y al Carnaval.”

Estas líneas aparecen citadas en un ensayo publicado en 1993 por un intelectual al que difícilmente le cabe el calificativo de kirchnerista, Ricardo Sidicaro. Se trata de la política mirada desde arriba. Las ideas del diario La Nación (1909-1989) y las citas corresponden a un editorial aparecido en el diario La Nación que describía a su modo las manifestaciones póstumas de apoyo a Hipólito Yrigoyen, inmediatamente antes del golpe del ’30.

El martes pasado, en la urgida cobertura electrónica de la reunión de las patronales ruralistas con funcionarios de Gobierno, la versión digital de La Nación usó la exquisita fórmula “Cristina irrumpió” para informar sobre la aparición de la Presidenta en ese encuentro.

Al día siguiente, Mariano Grondona se preguntó: “¿Ha iniciado el Gobierno un giro profundo desde el anticapitalismo y el antiruralismo que lo caracterizaban en busca de una postura equilibrada?”. Equilibrado, fino interrogante planteado ante una audiencia capaz de excitarse –que lo explique algún antropólogo cultural– que persiste en la idea de que en Argentina reinan los soviets.
Se sabe: esta semana el Gobierno se anotó un poroto provisorio en la disputa. Pero La Nación encuentra en el enojo de las bases un modo de continuar la lucha. El viernes pasado, una firma fuerte del diario, Fernando Laborda, escribió esta frase acerca de los subsidios que pudieran recibir los productores rurales: “¿Se les pedirá que, a cambio, hagan número en los actos públicos del oficialismo, como ocurre en el conurbano bonaerense con tantos beneficiarios de planes sociales?”. Es un tic largamente conocido, lo que se dice doble standard para cualquier política de subsidios, según se trate de civilización o barbarie. La historia de siempre y la furia de siempre.

El sonido y la furia. “La historia es un cuento contado por un idiota, llena de sonido y de furia”, dice la terrible sentencia shakesperiana. Por suerte ahí está la pequeña historia argentina relatada por el diario La Nación como para que uno pueda aferrarse a la idea de que la historia alberga restos de racionalidad, genealogías, lógicas, continuidades. Aun cuando estemos hablando de un diario que nació como estricta herramienta puesta al servicio de un partido político, aun cuando haya estado al servicio del partido de la gente del campo y del Partido Militar, aun cuando haya hecho tanto, durante tantos gobiernos civiles tronchados y hasta la fecha, por la antipolítica, antes que por la República.

Desde esa coherencia sin fisuras, cambiado el escenario político, La Nación ya abandonó el abuso del calificativo hegemónico, opera a favor de un nuevo armado para la restauración del orden conservador, así como operó hace pocos años, pifiándola fulero, a favor del candidato López Murphy (29/12/2002: el subdirector Claudio Escribano firma una columna titulada López Murphy, un candidato que crece con vuelo propio. Ninguna encuesta avalaba la afirmación).

Más de de una vez, en los primeros años de la democracia, Rodolfo Terragno, como periodista, reiteró la idea de hasta qué punto los diarios argentinos se comportaron como pichichos mansos en los regímenes militares, para ensañarse con los gobiernos elegidos democráticamente. En su relación con los gobiernos kirchneristas La Nación batió todos los récords. La relación nació pésima –para decirlo en términos futboleros– desde los vestuarios. O desde antes: en el portal de Diario sobre Diarios se reseñó alguna vez que desde el 8 de junio de 2002 al 4 de mayo del 2003 el diario dedicó la enormidad de siete editoriales contra Néstor Kirchner. El título del último fue Candidatos del pasado.

Es famosa –y la corroboró Kirchner en el programa de Mirtha Legrand– la nota en la que Horacio Verbitsky informó sobre el apriete que Claudio Escribano hizo en nombre de su diario (5/5/2003), exigiendo el cumplimiento de un pliego de cinco puntos: alineamiento con Estados Unidos, no más revisiones sobre la “lucha contra la subversión”, enchamigamiento con el empresariado, Cuba y, por último, medidas excepcionales contra la inseguridad.

Pasaron unos pocos días y ya Claudio Escribano escribía “la Argentina ha resuelto darse gobierno por un año”. Se trató de nuevo de una pifiada feroz. Pero ya se sabe que los medios no suelen pagar por esas pequeñeces y que en todo caso los únicos actores que tienen la culpa de todos los males universales son los políticos.

Una agenda así de chiquita. En los primeros tiempos de hiperkinesia kirchnerista, algo perplejo, el mainstrseam de la derecha mediática, con La Nación a la vanguardia, hizo lo que pudo con las insolencias oficiales, tirando jabs. En plena renegociación de la deuda, hacia enero de 2004, eran comunes los titulares catastróficos del tipo “Podrían embargar desde hoy bienes argentinos”. Fernando Laborda escribía: “A medida que se acelere la recuperación económica, más irrisoria les parecerá a los acreedores la propuesta de quita”.

José Luis Espert espantaba así: “Lo que el Gobierno no dice cuando se planta en su ridícula propuesta de una quita del 90 por ciento es que quiere seguir gastando en clientelismo político todo el aumento de recaudación que trae la recuperación de la economía”. Morales Solá (8/2/2004): “Malvinizar el conflicto de la deuda podría construir de nuevo una Argentina aislada”. Mariano Grondona no se daba por vencido en la apuesta de instalar a Ricardo López Murphy: en su programa de TV El Bulldog aparecía presentado como “el Opositor”. La sensatez, siempre, del lado de los acreedores. Elisa Carrió no se animaba a lo que sí se anima a reclamar hoy: volver al FMI. Y la presunta agenda opositora de la derecha mediática era más bien pobre, diminuta, casi idéntica a la actual pero sin conflicto agrario a la vista: privatizadas, inseguridad, Blumberg, odiosos piqueteros, revisión de los ’70, negociación por la deuda.

¿Hubo alguna vez algún comentario retrospectivo de La Nación u otros voceros de la derecha sobre el resultado de la negociación por la deuda? Pregunta pava: habrá que reiterar que los medios no son muy dados a revisar sus yerros, por usar una palabra suave. ¿Qué autocrítica podría hacerse un diario que jamás hizo revisión de su apoyo rabioso a la última dictadura militar?

La historia no está tan loca. 25 de marzo de 1976. Dice el editorial inaugural de La Nación en dictadura: “La crisis ha culminado. No hay sorpresa en la Nación ante la caída de un gobierno que estaba muerto mucho antes de su eliminación por la vía de un cambio como el que se ha operado. En lugar de aquella sorpresa hay una enorme expectación… Por la magnitud de la tarea a emprender, la primera condición es que se afiance en las Fuerzas Armadas la cohesión con la cual han actuado hasta aquí. Hay un país que tiene valiosas reservas de confianza, pero también hay un terrorismo que acecha”. Noticia de tapa a los días de producido el golpe: “Argentina normaliza relaciones con el FMI”. El gran diario argentino publica como noticia principal: “Nuevo récord de alzas y operaciones en la bolsa”.

1º de abril de 1976. La Nación publica dulces palabras del dictador Videla dichas ante los corresponsales extranjeros: “La libertad de prensa será respetada y garantizada, confiando en que se sabrá interpretar la vocación del gobierno militar de restituir y asegurar la vigencia de los principios fundamentales acordes con nuestra forma de vida”.

Ah, gloriosos años, aquellos, los del reino pleno de la libertad de expresión.

Gloriosos los del primer aniversario del golpe, cuando la Asociación de Bancos Argentinos expresaba en un aviso/solicitada su “convicción de que el país ha tomado el buen camino”, pues la asunción del poder por los militares había significado “una convocatoria a las fuerzas sanas del país para rescatarlo del caos”. Pasarán cuatro años de gobierno militar y La Nación, alerta, se crispará en un editorial dedicado a los riesgos de iniciar algún diálogo político (16/4/80): “Durante muchos años aún, la democracia vivirá en estado de guerra con el ideologismo dictatorial y es obvio que para sobrellevarla victoriosamente, la voluntad civil habrá de estar asociada con la aptitud militar”.

Y llegará otro aniversario del golpe, el previo a Malvinas, esa gesta apoyada por el diario que se presenta como la quintaesencia de la racionalidad. Es el 28 de marzo de 1982 y La Nación vuelve a erigirse en custodia de la Patria: “De ninguna manera está en juego la revisión de la guerra contra la subversión. Y no está en juego ese revisionismo por la misma causa que tampoco lo está el de nuestras guerras de la Independencia, ya que sus victorias –ayer como hoy– son la causa de que la Nación viva”.

Y en el medio de toda esa historia, pleno Mundial del ’78, habrá pasado la solicitada publicada por la Bolsa de Comercio de Buenos Aires (27/6/78) con la consigna: “La verdadera Argentina es noticia”. “Ante la acción de aquellos que en el exterior intentan deformar la realidad del país -decía el texto-, entidades privadas representativas de la comunidad argentina se autoconvocan para expresar la reacción nacional”. “Se autoconvocan”, decía el texto. Como hoy. Sentían ser exclusivos representantes de lo “nacional”. Como hoy. La consigna aparecía escrita en distintos idiomas para que el mundo supiera, pues por entonces el mundo estaba equivocado. Y aparecía además hermoseado aquel aviso con un dibujo entre telúrico y yupanquiano, “el campo”, como hoy. Y entre las entidades firmantes de la solicitada aparecían consignatarios, cerealeros, ganaderos, exportadores de granos. Como hoy.

Bartolome_Mitre

(Miradas al Sur)

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