En memoria de Rodolfo Kusch

El 30 de setiembre de 1979 murió en Buenos Aires Rodolfo Kusch. Fue el más grande pensador vivo que tuvo en la década del setenta el Movimiento Nacional. Lamentablemente, no muchos pudieron abrevar en su inagotable vena filosófica. Su relativa soledad se debió a falsos mitos sobre la idea del progreso y del desarrollo, que camouflado bajo la idea de llevar a cabo una Revolución y el socialismo, sedujeron a una generación. La juventud fue en esos años arrebatada por las grandes utopías, pero ellas se cubrían de ropajes “occidentalizados”. Y en la hora de los hornos, bajo la más feroz de las dictaduras militares, cuando en el dolor y en el horror nos reencontramos con nosotros mismos y con nuestros hermanos en el cautiverio, reencontramos también ya sin soberbia, a nuestra despojada humanidad y nuestro profundo desasosiego, nuestra angustia por nosotros y por el país. Entonces sí, el pensamiento de ese gigante que fue Kusch se nos hizo a todos imprescindible. Pero Kusch ya no estaba, al menos físicamente, también a él lo arrastró la tormenta.

En 1976 fue expulsado de sus cátedras en la Universidad de Salta. Luego de haber estado en la mira de la pequeña burguesía radicalizada a la que criticó sin arredrarse ante amenazas, pasó a ser un enemigo para esa otra pequeña burguesía militarizada, que probó su eficiencia en la irracionalidad de los campos de exterminio y en el “orden” que impuso en las calles, a sangre y fuego. Y allá fue Kusch. Exiliado en su propia tierra como tantos otros, en busca de nuevos y antiguos horizontes, a la frontera donde el país se hace América, a Maimará, en la Quebrada de Humahuaca. Allí el filósofo conversó con su vecino Juan Mamaní, y con esos hombres pequeños y tiernos, vencedores del tiempo, hombres de heridas ancestrales, de coplas y bagualas desgarradas. Entre ellos el pensador hizo más sólidas sus convicciones: la cultura es una cuestión de tripas. Viejo andariego del altiplano, Kusch se hizo uno más entre la gente, asimilado a sus costumbres y a sus modos de ser: “Ahí comprendemos que vivir no consiste sólo en tener cosas”. Su reflexión se enriqueció en la entraña de América, y su pensamiento ahondó en el drama de ese hombre indigente ante la existencia, pero capaz de alcanzar el equilibrio con lo sagrado.

Kusch tuvo la lucidez de comprender que un pensamiento americano no podía gestarse a partir de las filosofías europeas, sino a partir del pensamiento popular, al que estudió y auscultó con fervorosa atención: desde su teatro de los años cuarenta en el que avizoraba para América una estética del espanto y de lo tenebroso, una estética que cerraba el ajuste de la transición hacia la luz; hasta sus estudios de las culturas indígenas llevados a cabo en arduos caminares por México, Perú y Bolivia. Supo ver que ese sustrato indígena pervivía en el hombre urbano, y supo también exponer ese inexcusable mestizaje de lo americano en libros que serán siempre obras de renovada iniciación para todos los que hayan hecho una opción por América: La ciudad mestiza, Seducción de la barbarie, América profunda, El pensamiento indígena y popular en América, Geocultura del hombre americano, Esbozo de una antropología filosófica americana, y La negación en el pensamiento popular.

Dice un proverbio oriental que al maestro no se lo busca: se lo encuentra. De esa forma conocí a Kusch, en medio de la militancia de aquellos años. Fui una noche a su departamento de la calle Cangallo. Y entre mucha gente que llenaba la casa dándole al locro y al vino, supe que había encontrado un camino donde volcar la pasión de una búsqueda. Desde aquel encuentro acunamos muchos sueños, muchos planes locos; corrimos aventuras intelectuales y de las otras. En el 75, año de repliegue y extravíos del proceso revolucionario, me fui a Salta para estar cerca del maestro y del amigo que, hostigado por el sectarismo reinante me requería para que lo ayudase a continuar pensando a pesar de los acosos y del clima incierto. Buscábamos, por lo demás, aquella frontera que nos renovara las fuerzas, la fe y el entusiasmo. Antes de ser detenido en la localidad de Cerrillos donde habíamos montado una fonda indoamericana a la que llamamos Pumahuasi, muchas veces fui a ver morir los días en Maimará y a conversar con él sobre ese amanecer americano tan deseado…

Me enteré de su muerte por un trozo de diario viejo que llegó a mis manos en el Penal de La Plata U9, donde desde hacía un año, en tres metros cuadrados, convivía yo con un compañero de celda trastornado por el sistema de terror en que vivíamos. No tuve con quién llorar mi dolor ese día sino con el pobre loco que se balanceaba murmurando sonsonetes indescifrables. Había llegado yo a lo hondo de esa indigencia del existir que Kusch describía en su obra. Había conocido todos los horrores y los espantos del Poder desnudo, que no es sino la otra cara del racionalismo europeo trasplantado. En la miseria de mi pobre condición humana, el cuerpo torturado y el uniforme hediondo con el que nos cubríamos, había hecho a mi modo, ese periplo atroz del indio americano, desde la incertidumbre y el desasosiego de la existencia hacia la propia conciencia, hacia el sí mismo, hacia la luz y el redescubrimiento de los dioses que desde lo alto guían los caminos de América.

Jorge E. Rulli
Escrito en Barcelona a mediados de los años ochenta.

(La Nota digital)