La democracia directa en la televisión

Las mayorías, en general, no están representadas en ningún estamento del Estado, si bien con su voto permitieron que llegaran al poder político quienes ganaron las elecciones, al acumular una cantidad mayoritaria de sufragios. Pero, de ahí en más, lo que suceda con el ejercicio del poder, no dependerá de esas mayorías, hasta que estas vuelvan a expresarse en las calles o en las urnas. Es decir, que si bien cautivarlas requiere la implementación de políticas concretas, ellas no ejercen el poder, ni puede decirse que algo concreto es obra de ellas.

Pero algo, que nos sucede todos los días, sí es obra de ellas. Lo que sucede en la pantalla televisiva de la televisión comercial, depende de que las personas permanezcan atornilladas frente a la pantalla. Una elección permanente que se renueva minuto a minuto y que se volvió absolutamente inestable debido a la existencia del control remoto con el que se puede cambiar el contenido de la pantalla sin levantarse del cómodo sillón o de la comodidad de la cama.

Esas mayorías constituyen el rating que miden consultoras especializadas que auscultan a la audiencia cada minuto. Conociendo perfectamente cuales son los temas que más las atraen y que más convocan a las grandes mayorías. Esos temas, que la audiencia mayoritariamente elige por sobre los otros, le van dando forma a una televisión cincelada por las mayorías con su sola presencia, al integrar la teleaudiencia. Esta subordinación a la cantidad de telespectadores interesados en una temática, se debe a que las firmas auspiciantes de los mismos ven incrementadas sus ventas cuando auspician sus productos en los programas de mayor rating.

Es decir que la presencia de las mayorías frente a la misma pantalla en un determinado espacio televisivo, representa además, la existencia de un potencial mercado consumidor de otros productos. Por lo que tenerlos cautivados, requiere darles a esos consumidores televisivos eso que estos, desean televisivamente consumir. De no satisfacerlos, ofreciéndoles otros contenidos que no son de su agrado, seguramente los invitará a emigrar hacia otras sintonías, buscando otros productos audiovisuales. Lo que arrastrará a las empresas vendedoras de productos publicitados en dichos programas a emigrar junto con las mayorías hacia los sitios mayoritariamente elegidos, volviendo económicamente inviables a buena parte de la programación televisiva.

Pudiendo concluirse que la televisión comercial que tenemos, es el producto de la permanente elección de las mayorías populares y de la necesidad de las empresas de vender los productos auspiciados en los programas de mayor audiencia. Siendo, la televisión comercial, la expresión más acabada de la democracia directa, en la construcción colectiva de los contenidos televisivos.

Esto no significa que esta construcción sea la mejor, ni que esos contenidos sean los adecuados para ser transmitidos por la televisión comercial abierta. Ya que muchos de ellos son de muy baja calidad y transmiten mensajes muy poco adecuados. Mensajes que para nada están a la altura del extraordinario medio tecnológico que difunde esos contenidos llevándolos hasta cada uno de los hogares. Medios tecnológicos que deberían servir para hacer crecer y en cierto sentido formar a los telespectadores en múltiples cuestiones verdaderamente importantes y sustanciosas.

Simplemente, son los contenidos elegidos mayoritariamente en elecciones libres, que se llevan a cabo cada minuto. Contenidos atrapantes, para quienes los consumen, que cumplen la función de poner a disposición de las empresas auspiciantes un potencial mercado consumidor para los bienes que ofrecen.

Finalmente estamos ante el mejor ejemplo de formación de las personas simplemente como consumidores, dándoles lo que más les gusta para tenerlos contentos y reunidos frente a las pantallas, a disposición de las empresas auspiciantes.

Eugenio García

(La Nota digital)

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