Mis últimas palabras

L. Carrasco

@carrascolucas

 

Había un hippie, un detective en bancarrota y un policía corrupto.

El Senador, desangrado en la calle, moría sin decir las clásicas últimas palabras cinematográficas mencionando quién fue el asesino. Dijo dos iniciales. Sobre el oído del policía, antes de morir. El cana supo enseguida a quién correspondían esas dos iniciales que escuchó arrodillado, del Senador agonizando, pero mientras se paraba, una pistola humeante le apuntaba a la sien y le pedía que olvide todo, mientras le deslizaba un fajo de billetes en el bolsillo y el hippie se iba, fumando marihuana y sin querer entender qué pasaba, caminando haciendo eses, para el lado del casino. El detective guardó la pistola, pero primero la secó con el sobretodo, porque estaba manchada del sudor de la frente del policía. Que salió corriendo y dobló la esquina. Su sombra duró, bajo la farola tímida, unos segundos. El policía corrió como nunca había corrido en toda su vida, más que nada desde que empezó, veinte años atrás, a pesar más de 120 kilos con su metro y medio. El detective guardó el arma, prendió un cigarrillo, necesitaba encontrar un bar abierto. Empezó a caminar cuando un llantito contenido le hizo alzar la vista: una rubia, desde un balcón con flores, de un segundo piso, había visto todo.  Una rubia hermosa.

El detective se frenó: ¿limpiaba la escena o iba, primero, por un whisky y después se encargaba del molesto asunto de los testigos?

Yo escribía historias así. Libros así.  Era joven. Y me había levantado al mediodía, con una enorme resaca, para ir a una iglesia en las afueras de La Paz. La iglesia, que no era católica, era grande. Había algunos asientos ocupados. Se hablaba, desde el palco, contra el capitalismo. Yo era un joven de izquierda. Un periodista acreditado en ese foro de cosas que cambiarían el mundo. Seguramente. El tema era la soberanía alimentaria. Y yo tenía que tomar notas. Llevaba tres días en La Paz y aún no había escrito un artículo que valiera la pena. Aunque sí había ido a un baile en un club donde estuve a los besos con una chica y luego otra y luego supe que eran madre e hija; había ido a una quinta a un asado con “referentes históricos de…” no se qué puta, yo tomaba vino y me dediqué toda la tarde a encararme a una chica que no me dio bola y después bailé con los mariachis del folclore que habían contratado; otra noche nos quedamos con un cineasta hasta el cierre en un bar del centro discutiendo a los gritos los derechos de autor de una película que nunca me senté a escribir. Y entonces, volviendo a la iglesia, estaba ahí, para escuchar uno de los paneles, ¡en una iglesia!. En las afueras de la ciudad. Había árboles, calles de tierra, muchos árboles. La maravillosa naturaleza nos rodeaba y yo no había llevado off para los mosquitos.  No sé qué onda Molina Campos, pero pintar así, antes que se invente el off, pintar el campo, la vaca, el gaucho, mientras te almuerzan los mosquitos, eso sí que es ser patriota. Si la Patria es el gaucho, el prado, la vaca, la antipatria son los mosquitos. Ernesto Cardenal, Camilo Torres, seguramente sufrían con los agentes del imperialismo, los mosquitos. Y dudaban de su fe: cómo Dios podía ser tan malvado de crear esos bichos perversos, ¿no le bastaba con El Diablo? ¿No sobraba ya El Diablo? ¿Era necesario, Dios, meter, también, los mosquitos?

Y ahí, en un banco del fondo de la iglesia, estaba. Desarmado. Había tenido una noche excesiva, altamente excesiva.

La mano me temblaba. Mientras tomaba apuntes.

Soberanía aliment…¡IMPERIALISMO! ¡CONTROL! ¡MALDAD! ¡CÁNCER!

¡Oh, moriremos de hambre pronto!

Creo que algo así fue mi nota.

Después de la misa ideológica caminé unas veinte cuadras, encontré una despensa, compré una cerveza (una cuantas, confieso), me senté en la banquina de tierra de la calle de tierra y volví a soñar con detectives, policías y malandras. Con astronautas, rubias hermosas en todos los balcones, extraterrestres, hormigas galácticas, perros furiosos, estrellas que inspiraran algo más que ganas de emborracharse.

Iba saltando, como El Principito, de planeta en planeta. Y cada planeta era una aldea de pitufos felices, con piratas asustados, malvados arrepentidos, banqueros preocupados. Y flores y tierra y calles de tierra y mosquitos y tierra, siempre y mucha tierra y dos policías que me apuntaban con su linterna de mierda en la cara:

-¿Señor, se encuentra bien?

-¿Dónde estoy?

-En las afueras de La Paz, señor. Ha bebido mucho. Ud no es de acá.

-Ah

-¿Quiere que lo acerquemos a la ciudad?

-Sí, gracias.

-Suba.

-¿Les conté le historia del detective en bancarrota que tenía que matar a un senador y…

-Señor, lo llevamos, pero por favor, haga silencio. Tiene mucho olor a alcohol.

-Gracias, oficiales.

Quién lo diría. Mis últimas palabras en este escrito son “gracias, oficiales”.

Dónde habrá otro bar abierto.

 

(La Nota digital)

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