Suplemento Cultural Nº 74

R. R.

Entrevista al poeta Julio Aranda.

“Los lugares alejados me enseñaron a escuchar el silencio”

Julio Aranda nació el 17 de noviembre de 1961 en la ciudad de Avellaneda, provincia de Buenos Aires, la Argentina, y reside en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Integró el Consejo de Redacción de la revista de literatura “Tamaño Oficio” desde 1997 hasta su número de cierre, en 2016. Fue jurado en el rubro poesía en los concursos internos organizados por la Asociación Gente de Letras. Entre otras distinciones, obtuvo el Primer Premio de Poesía “Antonio Cuadrado” en 1999, el Primer Premio de Poesía 2001 otorgado por Mesas Redondas Panamericanas y el Primer Premio de Poesía “Roberto Juarroz” 2007, instituido por la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Almirante Brown. Ha sido incluido en las antologías de poesía y cuento editadas por la Oficina Municipal de Tres de Febrero en 2007, 2010, 2011 y 2013. Participó en el volumen colectivo “Memoria del olvido” (Ediciones Botella al Mar, 2000). Publicó los poemarios “Agudo pico el del pájaro oscuro” (Ediciones Gente de Letras, 2000) y “Grietas que me escriben” (Febra Editores, 2003).

— Sabemos que naciste en una localidad lindante con nuestra ciudad; pero tu infancia transcurrió un poco más lejos.

— Unos pocos kilómetros más lejos. Siendo yo hijo de una madre muy joven (ella tenía dieciséis años), ama de casa, y de un padre obrero de una fábrica metalúrgica, cuando nací compraron un terreno en un barrio en formación, que hoy es San Francisco Solano. Ámbito agreste, apenas loteado, entre calles de tierra que se anegaban con las lluvias y, por ese entonces, carente de los servicios esenciales: ni luz, ni agua corriente, ni cloacas. Mi madre me leía cuentos y poemas, ya que no había otro entretenimiento (los vecinos más cercanos estaban como a trescientos metros). Mi madre fue mamá y maestra. A mis cuatro años yo sabía leer y escribir. No ceso de recordar con ternura, en las tardes-noches de invierno, el perfil de mi madre leyendo a la luz de la lámpara a querosén que iluminaba la pieza, mientras esperábamos el regreso de mi padre. Luego el progreso fue ganando la batalla. En el colegio primario, mi amor por la poesía me ubicaba como figura repetida en todos los actos, recitando versos al General San Martín o referidos a nuestra bandera. El colegio contaba con una pequeña biblioteca: fui ampliando mis lecturas y accediendo a diversos autores. Por los diez u once años comencé a advertir que la musicalidad de esos textos me resultaba mágica y me transportaba a lugares imaginarios de los que no quería regresar. El colegio secundario lo cursé en nuestra ciudad. Donde concurría a eventos culturales. Me maravillé en mi adolescencia con los poetas franceses, con el Pablo Neruda de un Chile politizado, con César Vallejo, con Roberto Juarroz (quien también vivía bastante cerca de Avellaneda) y su “poesía vertical”, con el poeta dominicano Manuel del Cabral (poco recordado en estos tiempos); eran épocas de Alejandra Pizarnik, de Vicente Huidobro y su creacionismo. Simultáneamente llenaba cuadernos con mis propios escritos.

Libro Aranda 1 - Agudo pico el del pájaro oscuro

— ¿Y al finalizar el secundario?

Me anoté en 1980 en la Facultad de Filosofía y Letras. Comencé a ofrecer, tímidamente, poemas a revistas y suplementos. Algunos se llegaron a publicar. En 1981 fui convocado al Servicio Militar Obligatorio, lo que me alejó de mis pretensiones poéticas. Para colmo, me dieron la baja del ejército en marzo de 1982 y un mes después estalla la guerra de Malvinas, por lo que soy reincorporado y enviado a Comodoro Rivadavia, como “reserva”. Resultado: recién retorné a la vida civil a mediados de ese año, habiendo interrumpido mis estudios, sin trabajo y en un país quebrado. Después conseguí un empleo, frecuenté bibliotecas y retomé la escritura. Un día de esos que nunca faltan, en los que nos replanteamos casi todo, me deshice de varios cuadernos con poemas. Nada me conformaba y tampoco lograba escribir algo distinto. Me dije “necesito ayuda” y concurrí a talleres literarios, algunos coordinados por poetas reconocidos a los que no nombraré, sin alcanzar satisfacción, ahogado en mi interior y con la necesidad imperiosa de regresar a mis fuentes creativas.

— Voy calculando que nos acercamos a “Tamaño Oficio”.

— Alguien me invita a la presentación de un nuevo número de esa revista, en la bodega del célebre Café Tortoni. La directora era una tal Lucila Févola, hasta entonces desconocida para mí. Ese fue mi verdadero comienzo. La escuché, compré la revista, me acerqué a ella, a las pocas semanas estaba asistiendo a sus talleres literarios, que dictaba en una oficina de la Avenida de Mayo. Me fui imbuyendo de los conceptos de estructura, musicalidad, aliteraciones, de la importancia de los silencios en el texto, los diferentes tonos, cambios de ritmo, etc. Y todo acompañado por lecturas, no sólo de poesía, sino desde filosofía y religión hasta narrativa y ensayo. Lucila hablaba del poema como de una perfecta red donde ningún punto del tejido podía estar corrido, de fuerzas centrípetas y de fuerzas centrífugas dentro del texto: no sólo teorizaba sino que lo mostraba en su obra y nos conminaba para que lo intentemos en la nuestra. Aprendiendo a pulir y adaptándome al maravilloso equipo de la revista, me invitó a sumarme al Consejo de Redacción. Poetas del grupo, Jorge Montesano (fallecido en 2002), Osvaldo Spoltore, Haidé Daiban, Emmanuel Muleiro y yo, publicamos una antología, “Memoria del olvido”, complementada con un CD en el que Lucila y el escritor José Bravo recitaban nuestros poemas.

— Por teléfono me contaste que sos viajante de comercio.

— Un trabajo que a priori surge como antagónico para un hacedor de poemas. Sin embargo, largas horas conduciendo por rutas semi desérticas, visitando pueblos y ciudades de las provincias de Buenos Aires y de La Pampa, me hicieron encontrar la paz necesaria que (casi) todo poeta anhela; aquellos que no conocen nuestra geografía no se imaginan que sólo a unos kilómetros de nuestra capital, el ámbito pueblerino influye de tal forma en nuestros sentidos que es imposible abstraerse y no vivenciar el regocijo con que la vida nos premia a cada paso. En las horas de la siesta, donde me veo obligado a descansar, puesto que entonces cada pueblo parece detenido, encuentro mi refugio espiritual para leer y escribir. Muchos poemas han nacido en esos instantes de profundo silencio. De todos modos, más allá de lugares específicos, la poesía es una presencia continua que uno debe esforzarse por mantener y alimentar. Como dijo Giovanni Raboni (1932-2004), un poeta nacido en Milán, en un reportaje: “La poesía está cuando está. Si hay ganas, se escribe; lo que me parece importante, aun cuando no escribo, es mantener viva la relación entre la poesía y todo lo demás. Si la escritura es intermitente, hay hilos sutilísimos en tensión continua, incesante elaboración. Para mí la poesía es el lugar donde nada se agota, sino todo se verifica: ideas, sentimientos, elecciones. Si uno vive al cinco o también al cincuenta por ciento es difícil que sea un gran poeta. A los poetas avaros con la vida y con los demás, cuanto más envejezco, menos los amo; es más, ni siquiera los entiendo.” Ésta me parece una de las definiciones más sutiles y bellas que he leído. Retomando: la libertad que me permite mi trabajo como viajante de comercio (en el rubro de juguetería), está potenciada desde el arco opuesto por una búsqueda de tiempo y espacio que en nuestra gran capital, con sus luces de neón y su bullicio, me cuesta más hallar. En mi caso, los lugares alejados me enseñaron a escuchar el silencio, ese silencio significativo que pesa tanto como la palabra justa. Equilibrio entre el decir y el no decir. Complementación de los opuestos.

— Uno de los personajes de la novela “El mundo deslumbrante” de Siri Hustvedt señala: “Los pensamientos, las palabras, las alegrías y los miedos de otras personas nos afectan y se vuelven parte de nosotros.” ¿Advertís que algo de lo establecido en dicha frase te haya sucedido?

Cierta energía que emana de los seres con quienes interactúo suele habitarme, a veces fugazmente, a veces días enteros, y entonces me siento vulnerable, confuso y, lo que es peor, incapaz de transformar esos sentimientos, sobre todo si son negativos. Concientes o no, hay una vibración en las personas que a todos nos afecta. No soy yo y los demás, no soy yo y el universo. Soy parte de un todo más complejo y que no se agota en un nombre y apellido. ¿Cómo abstraerme? Allí es donde toman protagonismo mis artificios salvadores: las máscaras. Sé que muchos lo asociarán con falsedad o con ocultar el verdadero rostro: yo no lo creo, al contrario, lo que llamo “máscaras” me permiten ambular (o deambular) por los caminos donde el dolor, las tristezas, el miedo, y en menor grado las alegrías ajenas, me atraviesan en las múltiples y continuas relaciones sociales.

Libro Aranda 2 - Grietas que me escriben

— Si tuvieras que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegirías?

Me aterra la idea de estar en un único lugar y no poder salir jamás de él. Soy inquieto por naturaleza…; tal vez por eso nunca he residido muchos años en una misma casa. Me gusta entrar y salir de los lugares y hasta de mí mismo. Rehúyo de todo lo que fija. Así voy envejeciendo sin echar raíces. Caprichos de un caminante consuetudinario.

— ¿Tendrás por allí algún episodio irrisorio del que hayas sido más o menos protagonista y que nos quieras contar?

No irrisorio, pero sí curioso. Fue en 1997 o 1998. Nos invitan, entre otros, a Jorge Montesano y a mí a una lectura de poemas y nos piden que les adelantemos el material que íbamos a leer, cosa que nos pareció extraño…; entre mis poemas había uno que hacía alusión a los desaparecidos. Lo que no sabíamos era que la lectura se realizaba en la sede de un edificio céntrico que por ese entonces pertenecía al Círculo Militar. Nos citan un par de días antes y “gentilmente” me indican que ese poema no debo leerlo porque el tema estaba muy trillado y bla-bla-bla, y que no lo tome como un acto de censura. Ante mi sorpresa, Jorge Montesano increpa a los dos hombres que nos atendían, diciéndoles que “no vamos a permitir” que nos elijan los poemas, y que si no estaban de acuerdo que borraran nuestros nombres del programa. Los hombres se miraron entre sí, como consultándose, y juro que temí que todo se siguiera complicando. Finalmente, nos devolvieron el material señalándonos que sólo era una sugerencia. Corolario: me dí el gusto de leer un poema sobre los desaparecidos en un evento cultural organizado en un edificio que pertenecía al Círculo Militar.

 

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revagliatti.com

 

(La Nota digital)

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