Suplemento Literario N° 95

“Si escuchan balas tírense al piso”.

Entrevista realizada por R. Revagliatti.

 

José Ioskyn: “Si escuchan balas tírense al piso”.

 

José Ioskyn nació el 20 de agosto de 1962 en la ciudad de La Plata (donde reside, alternando con la ciudad de Buenos Aires), la Argentina. Es Licenciado en Psicología (1991) por la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de La Plata. Artículos suyos de psicoanálisis han sido publicados en medios digitales, tales como la revista de psicoanálisis y filosofía Consecuencias, de la Escuela de la Orientación Lacaniana, la revista de la NEL de México, el blog Liter-a-tulia de España, y Acheronta, de su país. Asimismo, un artículo suyo integra el volumen colectivo “Las fórmulas del deseo” (Editorial Tres Haches). Fue incluido en la antología de ensayos “Viel Temperley” (Ediciones del Dock, 2017) y en la de cuentos “Textos 1” (La Comuna Ediciones, 2017). Publicó los libros “El mundo después” (cuatro cuentos largos, Editorial Paradiso, 2013); “Literatura y vacío. Psicoanálisis, escritura, escritores” (ensayo, Editorial Letra Viva, 2014); “Nunca vi el mar” (poesía, Editorial Huesos de Jibia, 2014), “Acerca de un imperio” (poesía, Ediciones del Dock, 2016); “Manual de jardinería” (novela, Editorial Barnacle, 2016), “Un lugar inalcanzable” (novela, Editorial Griselda García, 2018).

 

José Ioskyn 50 - en 2018

 

 

— ¿Sos de acordarte de tus primeros años…?

 

JI — Soy de esas personas que tienen cierto grado de intimidad con su infancia. Tengo recuerdos nítidos. Como si más allá de esos recuerdos no hubiera grandes secretos por descubrir. Me asombra cuando alguien dice que no se acuerda casi nada de sus primeros años. Sin embargo, esa claridad de mis recuerdos son los picos, momentos recortados por su carga afectiva. Pero de las grandes mesetas que son la vida cotidiana yo tampoco me acuerdo nada. En esa medianía de lo cotidiano estaría la tonalidad del conjunto.
Mi familia funcionó como protección frente a todo lo que pasaba afuera de la casa. Ese cuadro es constante. Por supuesto estaba la escuela, los parientes, los vecinos; y todo el circuito de una infancia burguesa donde los chicos salen para aprender un montón de cosas innecesarias. En casa se hablaba constantemente del afuera y casi nada de nosotros. La mesa familiar era un discurrir diario sobre lo que les había pasado durante el día a los mayores. Los adultos eran los protagonistas. La televisión estaba prohibida en la cena. En cambio se proyectaba esta serie diaria, donde aparecían los mismos personajes: el entorno de mis padres. Cuando entraba un personaje nuevo estaba en relación con los personajes ya conocidos y aumentaban la potencia de la trama general. Era una narración muy eficaz, ya que todavía me alimento de esos personajes que no eran en realidad personas, no podían ser gente de verdad como nosotros, sino una especie de actores que trabajaban sin parar. Me acuerdo perfectamente de los nombres y las anécdotas. Lo que palpaba era el tono de burla, de ironía, sobre esa obrita llamada sociedad. Los otros. La ironía a veces se torcía y apuntaba hacia adentro. Entonces aprendí a esconder lo que pensaba. Escondía lo que pensaba y sentía, y si bien había muchos gestos de cariño me sentía expuesto. Pero al mismo tiempo fui muy mimado por mi familia, mis padres y mis abuelas. Esa ambigüedad fue formativa, o deformativa. Cuando la sensación de estar adentro de la familia pasó, dejé de ser un chico. Fue así, como abrupto. Mi mamá me empezó a decir “el extranjero”. Estoy tratando de ver la infancia como la narración de los otros, tomando ese aspecto repetitivo del que tomé plena conciencia mucho más tarde. Cuando la infancia terminó, lo único que quería era salir de ese relato.

 

— Y fuiste saliendo de ese relato.

 

JI — Escribí un cuento, inédito, sobre el momento bisagra, el del fin del romance con los padres y la vida que ellos proponían, cuando de repente se me hizo evidente la presión de tener que ser un hombre, sin saber que era eso exactamente. Ahora lo veo ridículo. Por supuesto, este es el costado patético de la cosa. Después vino otra cosa. Me acuerdo de escenas en que no sabía muy bien qué estaba haciendo pero iba, un poco ciego. Tenía períodos en los que no me importaba casi nada. No era alcanzable. Hubo pelo largo, la gran aventura de años setenta a mi alrededor, una secundaria en los años de la dictadura y rebeldías contra todo. Música, lectura, cine, noches y noches. Mi ciudad era, y sigue siendo, universitaria, hippie, rockera, militante. Medianamente culta y provinciana a la vez. Limitada y también pretenciosa. En un clima social tan pesado, andaba a cualquier hora con amigos por la calle. Ahora lo veo muy extraño a eso de andar tan suelto en aquel momento. Escuchabas los tiroteos, escuchabas que tal o cual había sido llevado por la cana. “Si escuchan balas tírense al piso”, me dijeron en algún momento. En tu ciudad, a los trece años iba con un primo por la calle cuando dos tipos en un Falcon nos subieron al auto, nos pegaron, amenazaron y nos dejaron atrás de la Facultad de Derecho, alertándonos que iban a volver para tirarnos al río. Era el año 75 o 76. Pero realmente no me importó mucho, porque sentía que me estaban pasando cosas, a mí, por primera vez. Estaba suelto por el mundo, fuera de la familia y sus reglas. Había maneras de esquivar un poco un país militarizado. Creo que lo pude hacer sin tanto riesgo porque en realidad era un chico de trece años, un poco más. Me acuerdo por ejemplo de un casamiento en una quinta, los novios caminando por una alfombra larga y angosta en el pasto, la alfombra pasaba debajo de arcos con flores. En una carpa tocaba una banda de rock. Suspendieron las clases en el colegio por una bomba que explotó en la puerta y la destrozó. Me pasaba días escuchando música o leyendo. Cuando salía podía pasar que me subieran a un micro de la policía, una razzia callejera. Podía —y me pasó— terminar la noche en una comisaría.
A esa edad manda el cuerpo. Las emociones manejando las situaciones, las hormonas y la ambición de autoafirmarse, aunque no sea más que una mentira. En fin. Cuando terminó mi secundaria y volvió la democracia me di cuenta que culturalmente estábamos fuera del mundo.

 

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— ¿Y cuando ahora observás el transcurrir de otros por la adolescencia?

 

JI — Cuando ahora veo a otros pasar por su adolescencia, o saliendo a la vida, me veo a mí mismo en retrospectiva con más empatía y complicidad. Fui uno más que se refugiaba de los demás al tiempo que los necesitaba. El equilibrio era difícil. Al final, uno es un misterio al que hay que tratar bien. Pero la primera juventud, contrariamente a la infancia, no se va del todo. No puedo hablar del que era a los quince como si fuera otro. Sigo siendo ese. Hay continuidad. Pero el chico que fui termina siendo un extraño que, sin embargo, vive en uno. Pero no me reconozco, no soy ese. Lo tengo que deducir. ¿Soy ese, el de las anécdotas familiares? Cuando hablaban de mi infancia hablaban de otro. Pero no de mí. Hablaban del hijo que tuvieron alguna vez. Los padres no se cansan nunca de contar lo mismo, y me pasó igual cuando fui padre, porque la infancia de los hijos es un idilio apasionante. Para bien o para mal, es así.

 

— Ioskyn. Poco común tu apellido por estos lares.

 

JI — Sí, no hay muchos, y están todos por La Plata. Mis hijos, por ejemplo: Justina, de veinticinco años, y Pedro, de diecinueve. Mi papá —abogado— era hijo de inmigrantes rusos; también mi mamá —docente— era descendiente de rusos. Es decir, cuatro abuelos rusos o hijos de rusos. Acá, cuando pasaban por migraciones, como se sabe, te ponían la grafía que se les ocurría o la que escuchaba el oficial de Inmigración, de modo que hay algunas variantes, pocas sí, de mi apellido. Mis parientes rusos o ucranianos son Oskin. ¿Cuál es el verdadero? Una prima consiguió una genealogía del apellido a partir del siglo 16. Pero por el lado de mi mamá se contaba que venían de una zona de Rusia lindante con China o Mongolia, y siempre se habló de una foto en las que las mujeres tenían el pelo atado con palitos, a la usanza china. Así que el origen es un poco remoto, como un punto de fuga. Al final hay que hacerse a la idea de que el origen se escapa, no se puede alcanzar.

 

— Rockero, dijiste. Y podías pasar varios días escuchando discos. ¿Tenés formación académica?

 

JI — En música clásica en el Conservatorio de Música Gilardo Gilardi, fundado por Alberto Ginastera. También tocaba la batería en una banda de rock. En el conservatorio me formé en percusión, algo que todavía suena raro. Siempre estoy acompañado de música, la que sea, rock, sinfónica, ópera, o lo que me vaya gustando. La música te puede acompañar siempre, ni siquiera es necesario un soporte físico, puede sonar en tu cabeza, aunque no quieras. A veces se nos impone una melodía boba que odiamos. Pero está ahí y no se va.

 

— Siendo clase ‘62, acaso hayas tenido que hacer el servicio militar más o menos cuando lo de la Guerra de las Malvinas.

 

JI — Lo hice. En Granaderos. Estuve a pocas horas de ir a Malvinas. No me imagino ahora entregar a un hijo de dieciocho años para ir a la guerra. Pero en ese momento había una locura colectiva, una aceptación demente de la situación. Andaba por la calle con el uniforme, sentía la lástima de los civiles, o el entusiasmo loco por esa guerra maldita. En las casas de comida me regalaban morfi. Fui a rendir una materia, me acusaron de querer sacar provecho del uniforme (era cierto), en fin, toda una confusión. Tal vez todo ese delirio fue solamente una excusa para que Rodolfo Fogwill escribiera “Los pichiciegos”. Pero pasó, lamentablemente pasó de verdad.

Una tarde me dejaron salir con la condición de no irme a más de una hora de distancia. A las tres de la tarde llamaron a mi casa, tenía que volver urgente, íbamos a Malvinas. Mi mamá fue a comprar calzoncillos largos, para protegerme del frío austral. Fuimos a cenar, por lo que llegué al regimiento a eso de las tres de la mañana. Pero no había nadie. Sorpresa. Casi ninguno de mis compañeros había vuelto. Parece que lo mismo pasó en todo el regimiento. Alguien pensó que sería buena idea mandar a los nuevos, los que habían entrado hacía unos días. Chicos sin instrucción militar. No volvieron nunca.

 

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Libro Ioskyn 9 - Manual de jardinería

 

Fuente: La Nota digital