Antes de ser lo que soy fui lo que ellos querían.Entré a la fuerza con veintidós años, uniforme talle M, el pelo corto como me lo pidieron sin pedírmelo. Aprendí a disparar, a declarar, a mirar para otro lado en el orden correcto.
Me casé con Romina, que también era agente, que también sabía mirar para otro lado, y durante cuatro años vivimos en un departamento en Barrio Ferroviario con una perra que se llamaba Jefa y una rutina que se parecía a la felicidad si no la mirabas de cerca. Lo que no podía mirar de cerca era a mí.
El problema no fui yo. El problema fue Garmendia, el comisario, que me vio una noche en un bar del centro donde no debería haber estado siendo lo que era. No dijo nada esa noche. Esperó. Los que tienen poder saben esperar — es lo único que los distingue de los que no lo tienen. Tres meses después apareció el sumario. Irregularidades en el manejo de evidencia. Inconducta. Comportamiento reñido con los valores institucionales. Cada palabra era un eufemismo y cada eufemismo era una forma de no decir: te vimos, sabemos quién sos, eso no cabe acá.
La exoneración llegó un martes. El miércoles a la noche Romina durmió en el borde de la cama, de espaldas, con la perra Jefa entre las dos como si Jefa supiera que era la última noche que íbamos a ser tres. Romina firmó los papeles del divorcio el jueves siguiente. No la culpo. Ella también sabía mirar para otro lado en el orden correcto. La villa no me eligió. Fui yo la que elegí la villa, que es distinto aunque se parezca.
Llegué con lo que tenía: el cuerpo, lo que sabía del cuerpo, lo que había aprendido en la fuerza sobre cómo funciona un territorio cuando nadie te protege. Me instalé. Conseguí lo que había que conseguir. Empecé a vender en la esquina del pasillo tres, después en dos esquinas más, después el pasillo tres era mío — sin escritura, sin registro, sin papel. Mío de la única manera que conocía. Cruz apareció al mes. Cruz es Cruz: no pregunta, no juzga, aparece cuando hay problema y a veces aparece antes, como si oliera el problema en el aire húmedo de la villa. Me dijo que había oído que yo había sido de la fuerza. Le dije que había sido muchas cosas. Me dijo que eso no era una pregunta. Nos reímos. Desde entonces Cruz es Cruz y yo soy lo que soy y entre eso hay algo que no tiene nombre pero que sostiene.
El negro se llamaba Palacios y era el distribuidor del pasillo siete y del ocho y tenía la costumbre de cruzarse a mi territorio con una sonrisa que no era una sonrisa. Tres veces le dije. La cuarta vez no le dije nada. No voy a contar cómo fue porque no importa cómo fue. Importa que fue. Que el facón que cargo desde que soy lo que soy tiene memoria en el filo y esa memoria es Palacios y antes de Palacios es Garmendia y antes de Garmendia soy yo a los veintidós años entrando a la fuerza con uniforme talle M creyendo que si me portaba bien el sistema iba a portarse bien conmigo. El sistema nunca se porta bien. Te usa hasta que encontrás la forma de tu propio cuerpo y entonces te expulsa, y la expulsión te constituye, y lo que te constituye no podés devolverlo.
Ahora ando prófuga. Cruz sabe dónde estoy. Nadie más. Cruz dice que esto va a pasar, que todo pasa. Yo le digo que sí con la cabeza y pienso que Cruz tiene razón en todo menos en eso: hay cosas que no pasan. Se instalan. Se vuelven la frecuencia de fondo, el zumbido que no para, la forma exacta del cuerpo cuando ya no le queda nada que esconder. El ser lo que sos — barajo — el ser lo que sos es un delito. Pero yo ya pagué lo que no debía. Y lo que me deben a mí todavía no tiene número.
Cantando me he de morir / cantando me han de enterrar.
J. Noriega














