Suplemento Literario N° 97

M. Bolzán.

 

Huésped

 

Una vez que se instala aquella sensación de lo inminente
debe crecer
yo no sé
unos cuatro
o cinco centímetros por día dentro de mi corazón

 

Vive lo inminente
una vez venido
se incuba
unos seis
o siete días
rugoso
grueso
transforma todo lo que toco
en poquísima cosa
a su lado

 

 

mientras escribo

mientras escribo
mientras avanzo
sobre la elegancia
de un texto
me duele la garganta

eso quiere decir
que me estoy haciendo trampa
que no estoy diciendo
lo que al sonido de la palabra
le corresponde

oíme
cautiva
casa sola
crudeza
soy una sola
es de noche
estallo hacia adentro
me acuchillo
la parte más pájaro
del corazón

 

 

“La luz es difundida en todas direcciones por las moléculas del aire, llegando al observador e iluminando todo su entorno”

 

Siempre pienso que en los minutos que dura un atardecer, Dios o esa fuerza que se llama Dios a veces, abre las puertas de algo y nos lo deja ver. Y las nubes son a veces una costa con mar y pájaros comiendo cosas que no están vivas, un Xul Solar sobre una pared azul, un puñado de frutillas recién lavadas, unos copos de azúcar en la mano de una niña que juega.

Esta tarde que el sol ilumina los bañados del oeste y que hay barcos y espejos, entiendo que hay cosas de este mundo que no me quiero perder. El crepúsculo que aparece en la ventana al sur de mi casa es una. Aunque breve, es una puerta. Y ya sabemos qué funciones cumplen las puertas en las casas, en los besos, en los juegos.

 

Mi escribir

Supe escribir antes de saber atarme los cordones, y no es una virtud, no: es mi ser así, mi condición más elemental, mi bacteria original, mi chispa arcaica.

La conclusión de que todo aquello sobre lo que yo pueda escribir me habla de una que existe más allá de mí llegó con los años. En ese bucle temporal hubo de todo. Hubo días con palabras que no salían, o días en los que se agolpaban feas e impropias. Me he sentado, he convocado a los de siempre y nada. He sabido en ese silencio que había algo latiendo tímidamente adentro. Y he insistido. He insistido mucho. Una palabra, dos, tres. Una frase. Ingeniería mecatrónica, ingeniería de la vida en el mundo. Y nada. He abandonado la tarea muchas veces y ha sido doloroso. -La infertilidad es el peor de los fantasmas – he pensado. Y ha seguido doliendo.

Aunque a veces, el sol purísimo que ha aparecido detrás de mi ventana -una cortina que se ha corrido y me ha dejado verlo incendiarse sobre las membranas de los techos que el vecino ha pasado el fin de semana colocando-, la voz despellejada de una canción que me ha acribillado el corazón, un rostro suplicante en una foto vieja o una charla con el verdulero con manos de surcos negros, han hecho la magia: como un rayo se ha cortado el tiempo y ha empezado otro, en el que un aluvión de mensajes se ha abierto paso hacia un texto, a veces amorfo, a veces perfecto, pero siempre incontrolable. Y las palabras han sido masa ardiente que me ha quemado hasta dejarme exhausta y con la sospecha de que estuvieron esperando adentro hasta que yo encontrara el sentido que les abrigara su cuerpo de palabra.

En esos momentos, el texto ha sido una urgencia, una comezón que he tenido que atender para exorcizarlo de su propio silencio. Han bastado esos milimétricos movimientos del mundo para que yo escriba y me quede siempre con la liviandad y el estupor que viene siempre después del amor.

 

BIO micro

 

Mariana Bolzán escribe poesía y es comunicadora social. Ha publicado en blogs y redes sociales. Ganó el premio Juan L. Ortiz de la Biblioteca Provincial de Entre Ríos. También obtuvo el 2° Premio del concurso Orlando Florencio Calgaro 2018. Recientemente publicó “Un rayo en el mundo” con Ana Editorial. Los textos aquí seleccionados por Marcelo Faure pertenecen a La Mar en Movimiento.

 

mariana bolzán ivo betti

 

Fuente: La Nota digital

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