El fin de la educación

A. Muñoz

 

La educación escolar es impartida no en la infancia, sino en el final de la vida. La ejercen aquellos que tienen deficiencias físicas o mentales. Los ciegos, los dementes, los rengos acercan los rigores académicos: el número, lo estelar, nociones de ingeniería hidromecánica, el arte de la momificación.

Nadie sabe menos ni más que nadie. El conocimiento es una desilusión, una vara elástica que los vientos mueven de un lado a otro. Todo lo que está debajo del sol calienta, aquello que desvanece por los débiles fulgores de la luna prepara a las criaturas a mirar hacia arriba. El que enferma está preparado para ser un maestro.

Sueñan con un río lejano a su jurisdicción, el que hoy figura en los mapas como Espera, La Espera. Lo sueñan como una deidad congelada, un punto muerto ya libre de toda tracción. Por ese río entraron los primeros inmigrantes. Aguas paralelas al Carapachay.

Aquellas, las antiguas, fueron aguas espesas,casi como la miel, aguas amarillentas que se movían con la consistencia del flujo vaginal. Un río de conchillas laboradas en las orillas dando su último tramo a un Paraná que, según los rusos, es el cielo que miramos en la noche.

 

* En “La invasión rusa” del Islario fantástico argentino, Biblioteca de los Confines, 2018.

 

alberto muñoz
Foto. Marisa Negri

Fuente: La Nota digital