Periodistas

N. Loza

El poder es una magnitud objetiva, con reglas propias, respecto de cualquier individuo en cuyas manos se encuentre”.

(Carl Schmitt Diálogo sobre el poder y el acceso al poderoso).

 

El filósofo alemán Carl Smith decía en uno de sus libros que el poder es una magnitud objetiva, a mí me gustaba esa definición, buscaba el poder y, como no lo encontraba, me había conseguido trabajo como periodista en el sitio digital de noticias políticas de mi amigo Ernesto. La idea inicial de mi colega era hacer periodismo independiente, serio y objetivo, y cuando se dio cuenta que el negocio estaba difícil, me pidió colaboración. Fue así que, en tan sólo dos días, habíamos transformado tan noble proyecto periodístico  en un sitio de difusión de actividades de los políticos que estaban en la campaña electoral.

La paga no era buena y teníamos que andar a las corridas para cobrarles, por eso, cuando podíamos nos la cobrábamos. En una de las entrevistas que hicimos, Ernesto me contó que se llevó una birome del despacho del cliente, no era una pluma cara pero tenía un buen estilo, viejo, pero elegante.

El día del cierre de campaña de los candidatos teníamos una agenda cargada y mínimamente debíamos cubrir tres fuerzas políticas. Dejamos para lo último nuestra presencia en el acto del Partido Peronista, porque era el que financiaba el ochenta por ciento de nuestro medio y había que hacerle una buena cobertura. El resto lo repartíamos entre una fuerza antiabortista y una proaborto. No teníamos más demanda. No nos sobraba nada.

Compramos cigarrillos y atravesamos la ciudad en el auto de Ernesto a eso de las dos de la tarde. El sol era fuerte, el cielo azul y el rosa de los lapachos de la avenida, daban una linda postal de la ciudad.

―Va a ser un embole el acto de ahora, vamos a dividirnos―me dijo Ernesto. Vos a uno, yo al otro.

―Dale, me parece bien―le respondí. Vos anda al acto abortista, yo al celeste. Después nos juntamos para ir al de la noche y de paso nos clavamos unos choris.

―Seguro va a haber alguna birra también―dijo mi colega, sonriente.

―No tengas dudas―le respondí.

Si bien la costumbre de repartir choripanes y bebidas en los actos políticos había disminuido bastante y los dirigentes estaban siendo menos caritativos con sus militantes, en los actos del peronismo,  aún era regla de oro la solidaridad gastronómica de corte nacional popular, además se estaban jugando la reelección y, teníamos de buena fuente, que iba a ser “a todo culo”. En conclusión, tenía salvada la cena. Nos despedimos temporalmente.

―Nos vemos en una hora―le dije. No creo que sea demasiado largo.

Entré al club donde se desarrollaba el acto celeste. El último orador  estaba cerrando su discurso y los simpatizantes se tomaban de las manos y, entre rezos y oraciones, comenzaban a retirarse del lugar. Tomé un par de fotos con mi celular, salí a la vereda y me encendí un cigarrillo. Algunos salían del club con las caras contentas. Las encuestas electorales le pronosticaban entre un diez y un quince por ciento. Un poco más arriba que los ultraizquierdistas. Para ese sector, era una buena elección.

―Las encuestas le van a errar―dijo una vieja. Están pagas por el gobierno, los medios y las causas de moda. Le van a errar. Ya van a ver se van a llevar una sorpresa con nosotros. Repetía mientras se aferraba a un rosario.

La señora me había identificado como periodista y por eso se esforzaba para que la escuche y le dijera algo. Por supuesto que me limité a sonreír  y le hice cierta reverencia con la cabeza. Tomé algunas fotos más, escribí unos apuntes en mi bitácora y regresé donde estaba el auto. Recliné el asiento y me acosté unos minutos.

― ¡Despertate, vamos!―me dijo Ernesto que había regresado del acto verde. Vamos a tratar de llegar temprano porque donde nos demoremos unos minutos se van a comer todo estos hijos de puta.

Me desperté, me había quedado dormido un buen rato y hasta había soñado. Soñé que el oficialismo perdía la reelección y dejaba el poder después de veinte años. Eso no era lo que más me preocupaba, pero me inquietaba saber que si estando en el poder era difícil cobrarles, perdiendo las elecciones iba a ser imposible. Tendría que empezar a pensar cómo sacarle plata a los Pro vida. La cosa se iba a poner complicada.

Dejamos el auto a unas dos cuadras del club donde se realizaba el cierre de campaña del peronismo, en  el centro de la ciudad. En las inmediaciones del club había vallas y custodia de la policía por donde se mire. Los carritos de choris humeaban, la música de cumbia sonaba fuerte, los militantes se daban abrazos apasionados y los envases de bebidas alcohólicas empezaban a decorar la liturgia política. Nos mandamos por una de las puertas que estaban habilitadas para la prensa.

Primero habló el secretario general del partido; después un sindicalista; un estudiante de universidad pública; una representante feminista; el vice y, por último, el candidato que iba por la reelección, es decir, el gobernador.

En su discurso el tipo habló de igualdad, fraternidad, solidaridad, del futuro, de todos, todas y todes y se despidió. La gente comenzó a aplaudir y las viejas se le abalanzaban para tomarse una selfie con él mientras sonaba la marchita.

Cuando terminó el acto, salimos rápido con Ernesto en dirección a un carrito que tenía una fotografía de Eva Perón y un letrero en el que se podía leer: “Los días más felices siempre fueron peronistas”.

―Gordo, dame uno―le dijo Ernesto al de la parrilla.

―Cómo no, compañero―le dijo el gordo, que al parecer lo conocía.

―Que sean dos―le dije yo.

―Pero más vale, para que somos gobierno―gritó el gordo.

Nos comimos los choripanes sin hablar. En un kiosco que estaba en la esquina del club, compramos una cerveza.

―Me encantaría que esto no existiese más―le dije a Ernesto. Qué porquería todo esto. Lo único que si no llegan a  ganar, no cobramos más, olvídate.

―Van a hacer un buen gobierno, están tratando de arreglar las cosas. La reman―dijo Ernesto, que siempre tenía ideas nostálgicas de izquierda empobrecedora.

Me limité a hacer silencio. En unos días íbamos a saber bien quién era el ganador y si íbamos a poder sacar un peso.

Unos días después se confirmó lo que había dicho la vieja en el acto de los celestes: las encuestas habían fallado feo. En ese error, se  favorecieron el oficialismo y los celestes. Éstos últimos podían estar contentos, habían sacado casi treinta puntos y quedaron segundos, quedando como oposición seria; los izquierdistas pro aborto no habían llegado al diez por ciento, habían sido diezmados.

El partido peronista había sido reelegido, arrasó en las elecciones y fue un triunfo histórico, alcanzando casi el sesenta por ciento de los votos. El triunfo más abultado desde el retorno de la democracia. Mi sueño no había sido predictivo, sólo había sido un deseo, una demoscopia onírica con gran margen de error. Nos quedaba de consuelo, poder cobrarle a los compañeros.

 

 

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