El préstamo

N. Loza

Te dije que necesito la plata hoy, ¿me entendiste? le dijo y cortó el teléfono.

El corazón de Jimmy empezó a latir de forma acelerada. Sabía que la cosa venía en serio y empezó a preocuparse. “Necesito la guita”, pensó.

El sol se escondía en el oeste austral y el frío era intransigente.

Loco, voy a precisar una manole escribió Jimmy a un amigo.

Nos vemos a las 20 hs. fue la respuesta.

La noche era oscura y cerrada. El auto estacionó en la esquina. Le faltaba la luz del faro derecho y no tenía patente. Jimmy fumaba nervioso en la esquina.

De cuánto estamos hablando le dijo el auxiliador.

Poca guita, pero guita negra, del mercado libre — respondió Jimmy.

 El silencio aportó racionalidad al plan. Algo de certeza para la acción.

Vamos a hacer un poco de deporte dijo el salvador.

Comenzaron la marcha. Las luces negras de los bares del shadetown se multiplicaban en la noche.  

Soy Jimmy. Vengo por el préstamo, bicho.

Te está esperando el jefe. Está re caliente con vos. La vas a tener jodida de ahora en más le dijeron a Jimmy.

Jimmy entró a la sala. Sorpresivamente estaba despejada. Lo habían subestimado. No pensaron que fuera a estar decidido. El jefe no alcanzó a terminar la frase con la que solicitó la presencia de Jimmy esa noche cuando entre ceja y ceja le entró la bala precisa del corto. Afuera se escucharon ladridos de perros y gritos de la runfla. Arrancaba la noche.

Foto. NL