Linares, siempre

R. Romani

Sus ojos descubrieron la gracia del sauce a orillas del Cabayú Cuatiá, el 29 de octubre de 1920.

Muy pronto, las brisas costeras del Paraná, en La Paz, le indicaron la necesidad de la flor creadora que, en brazos de una chamarrita niña, perfuma de sol las horas sencillas del pago de uno.

Como profesor en Filosofía y Ciencias de la Educación; en su rol de acuarelista iluminado, recuperando para la eternidad los colores del litoral, o en su original oficio de trabajar la palabra y encender canciones, tropeando luceros de la madrugada, Rubén Manuel Martínez Solís supo que el amado pueblo entrerriano necesitaba su compromiso de maestro, para proclamar en la tierra de Pancho Ramírez una lanza jubilosa, con raíz y fundamento.

Y así anduvo por las auroras de la comarca verde, escuchando los rumores vecinos y alentando los grillos del monte, mientras la «Canción de cuna costera» o su «Peoncito de estancia», se abrigaban con un ponchito de amor en los ranchos pobres, para volver en coros de zorzales libres a cada rincón de la patria, celebrando la ternura que prolonga el primer latido de la humanidad.

Foto. archivo