Hay procesos políticos que no terminan cuando cambia un gobierno. Permanecen debajo de la superficie y reaparecen cada vez que una sociedad vuelve a discutir quién tiene derecho a nombrar el país. Eso ocurre hoy en Bolivia. Mientras sectores políticos intentan reorganizar el escenario posterior al desgaste del MAS —entre ellos el espacio encabezado por Rodrigo Paz Pereira— continúa actuando algo que excede la coyuntura electoral: la memoria abierta por la Asamblea Constituyente iniciada en 2006 bajo el liderazgo de Evo Morales. El libro El nacimiento del Estado Plurinacional de Bolivia, de Schavelzon (2012), ayuda a comprender justamente eso. La Constituyente no fue solamente una reforma institucional ni una discusión jurídica. Fue el momento en que un pueblo sintió que podía volver a discutir qué era Bolivia y quiénes podían ocupar el centro de la vida política.

El gran mérito del libro es mirar ese proceso desde abajo. Schavelzon reconstruye marchas, discusiones, tensiones regionales, cuerpos  y organizaciones populares intentando ingresar a un Estado que históricamente había funcionado sin ellas. Durante su historia colonial, Bolivia sostuvo una estructura donde la mayoría indígena existía socialmente, pero permanecía desplazada de los espacios reales de decisión. La igualdad aparecía escrita en las leyes, aunque no organizada en la experiencia cotidiana. La Asamblea Constituyente rompió parcialmente esa lógica. Allí comenzaron a discutirse autonomías indígenas, justicia comunitaria, recursos naturales, lenguas originarias y distintas maneras de comprender el territorio y la autoridad. Cada debate jurídico escondía en realidad una pregunta mucho más profunda: quién posee legitimidad para definir el sentido mismo del país.

La idea de Estado Plurinacional surgió precisamente de esa fractura histórica. Bolivia dejaba de pensarse como una identidad única y comenzaba a reconocerse como una sociedad atravesada por memorias, culturas y experiencias distintas. Sin embargo, el libro también muestra que esas tensiones no desaparecen cuando una Constitución se aprueba. El Estado necesita ordenar, administrar y estabilizar aquello que antes aparecía abierto y conflictivo. Allí emergen nuevos problemas: burocratización, disputas internas, conflictos territoriales y tensiones alrededor del extractivismo. Muchas experiencias comunitarias no se componían completamente dentro de las estructuras tradicionales del Estado moderno. Por eso las contradicciones posteriores del proceso boliviano no fueron simples errores de gestión. Expresaban un problema más profundo: cómo construir una institucionalidad capaz de convivir con heridas coloniales históricas sin volver a expulsarlas hacia los márgenes.

Hay además algo especialmente valioso en la escritura de Schavelzon. La política nunca aparece reducida a tecnicismos o negociaciones parlamentarias. El libro transmite la angustia, la emoción, el orgullo colectivo y la memoria histórica. Se percibe que para una mayoría la Constituyente no era solamente una discusión legal. Era la posibilidad concreta de existir políticamente de otra manera. Y quizás por eso aquella experiencia continúa actuando incluso hoy, cuando Bolivia atraviesa nuevas crisis económicas y disputas internas. Porque debajo de los conflictos partidarios persiste una pregunta que todavía no terminó de resolverse: cómo construir un país capaz de alojar sus pueblos sin destruirlos ni uniformarlas completamente. Tal vez allí resida la imposibilidad de cualquier intento de restauración burguesa-republicana. Lo que Paz no puede cambiar —como tampoco logró resolver del todo el propio MAS— es que Bolivia ya no puede imaginarse desde una sola identidad, una sola memoria ni una única forma legítima de organizar el Estado.

J. Noriega

imagen. IA

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