Mary fue una China Suárez de su época, una Pampita, una Emilia Mernes antes de que esas mujeres existieran. Tenía algo que hacía que los hombres levantaran la cabeza y las mujeres demoraran un segundo la mirada. No era solamente belleza. Era otra cosa: una manera de entrar en un lugar como si el lugar hubiera estado esperándola.
Ahora comparte conmigo un cartón doblado y dos frazadas en el frente del Hospital San Martín.
Llueve desde hace horas.
El agua baja por la calle en pequeñas corrientes negras y los autos pasan dejando una espuma sucia contra el cordón. De vez en cuando sale alguien del hospital con una bolsa de farmacia, una carpeta, un niño dormido en brazos. Nadie nos mira demasiado.
Mary tiene el pelo mojado.
—¿Tenés vino?
Le digo que no.
—¿Pegue?
Tampoco.
Asiente.
No pregunta más.
Casi no puede hablar. La voz le sale raspada, pequeña, como si tuviera que atravesar algo antes de llegar a nosotros. A veces intenta decir una palabra y abandona a mitad de camino.
Yo la conocí cuando todavía tenía nombre.
No este.
Otro.
Un nombre que aparecía en las revistas, en las fotografías, en las conversaciones de los hombres. Había trabajado en una confitería, después en un teatro, después en una televisión que ya no existe. Una noche la vi salir de un auto blanco y durante unos segundos la calle pareció cambiar de posición alrededor de ella.
No era famosa solamente.
Era visible.
Ahora nadie parece verla.
Mary acomoda la frazada sobre sus piernas.
—Frío —dice.
Me acerco.
La abrazo.
Al principio permanece dura, como si no supiera qué hacer con un cuerpo ajeno. Después se afloja.
Y llora.
No llora como lloran las personas cuando esperan que alguien las consuele. Llora sin pedir nada. El cuerpo entero parece haber encontrado por fin una manera de decir lo que la boca ya no puede.
La sostengo.
Pienso en aquella mujer de las fotografías.
No logro encontrarla.
Quizás estuvo siempre aquí.
Mary se seca la cara con el dorso de la mano.
—Yo fui linda —dice de pronto.
No sé qué contestar.
—Sí.
—Mucho.
—Sí.
Se ríe apenas.
Después vuelve a quedarse callada.
Durante un rato escuchamos solamente el agua, los motores y las puertas del hospital abriéndose y cerrándose.
Entonces Mary señala la entrada.
—Ahí.
Miro.
No hay nadie.
—¿Qué?
—Ahí trabajaba.
La miro.
—¿En el hospital?
Niega.
—No. Ahí.
No entiendo.
Ella insiste con el dedo.
La puerta se abre.
Una mujer joven sale con un tapado claro, el pelo perfecto, la cara iluminada por la luz del hall. Camina hacia un auto que acaba de detenerse.
Mary la observa.
—Esa.
La mujer sube al auto.
La puerta se cierra.
Las luces rojas se alejan bajo la lluvia.
Mary baja la mano.
—Esa era yo.
No digo nada.
Le acomodo la frazada sobre los hombros. Ella apoya la cabeza contra mí y vuelve a llorar, despacio, sin ruido.
La lluvia golpea el cartón.
Adentro del hospital alguien abre una puerta. La luz cae un instante sobre la vereda y después desaparece.
Mary tiembla. La abrazo.
Entonces me doy cuenta de que no sé si estoy abrazando a la mujer que fue o a la mujer que todavía espera volver. No se lo pregunto. Ella tampoco dice nada.
Nos quedamos así, bajo las dos frazadas, mientras la ciudad pasa frente a nosotros sin detenerse.
Al amanecer, cuando deje de llover, quizá nadie recuerde haber visto a Mary. Pero durante toda la noche, mientras la sostengo, ella vuelve a tener un cuerpo que alguien recuerda.
J. Noriega
imagen. IA














