Antes de empezar la clase, lo vi.

Estaba sentado en uno de los ángulos del salón de la cárcel, lejos de los demás, en un lugar desde donde podía escuchar sin necesidad de acercarse. Tenía las manos sobre las rodillas y miraba hacia adelante con una atención tranquila, casi inmóvil.

No lo reconocí. O, mejor dicho, lo reconocí demasiado tarde.

Comencé la clase como cualquier otro día. Mientras hablaba, advertí que aquel hombre me escuchaba desde un ángulo, sin apartar la mirada. Había algo familiar en esa forma de observar, en la inclinación de la cabeza, en aquella atención silenciosa.

No era la cara. La cara no me decía nada. Seguí con la clase. Él no se acercó.

Yo tampoco.

Cuando terminé, los demás comenzaron a levantarse. Guardé los papeles lentamente. Entonces lo vi de pie, cerca de la salida.

Se acercó. Me extendió la mano.

—¿Te acordás de mí?

Lo miré. Durante unos segundos no pude responder.

Sonrió apenas.

—Hicimos juntos la primaria.

Y entonces apareció. No como un recuerdo completo, sino como una ráfaga.

Un patio. Un guardapolvo. Una pared amarillenta. Una pelota que alguien había pateado demasiado lejos. Dos gurises corriendo detrás de ella. Y un nombre.

—Miguel.

—Sí.

Lo dijo con una tranquilidad que me produjo una tristeza desmesurada. Lo miré otra vez, tratando de encontrar en aquella cara al guri que había sido. Busqué alguna señal: los ojos, la boca, una expresión conocida. No encontré casi nada.

La vida lo había trabajado durante años hasta dejarlo lejos de mi reconocimiento. No había sido solamente el tiempo. En él había trabajado algo más duro. Una condena por homicidio había pasado por su cuerpo, por su rostro, por su manera de estar parado. Había dejado marcas que no eran solamente visibles.

No sabía qué había ocurrido. No conocía la historia completa. Quizá nadie conoce nunca la historia completa de otro. Solo sabía que aquel hombre había sido un guri que corría conmigo en el patio.

Y ahora estaba frente a mí, detrás de una puerta que no era necesaria. De una puerta infranqueable.

—¿Hace cuánto que estás acá? —pregunté.

Me miró como si la pregunta viniera de muy lejos.

—Hace bastante o demasiado.

No dijo más.

Yo tampoco.

Pensé que debía decir algo importante. Una frase capaz de atravesar los años y unir al guri con el hombre. Pero ninguna palabra parecía suficiente.

Entonces volvió a sonreír.

—Me acuerdo de vos —dijo—. Nunca hablabas mucho.

Me reí.

—Eso no cambió.

—No.

Se quedó mirándome. Y por primera vez reconocí algo. No estaba en sus facciones. Estaba en la sonrisa. Era la misma. Una sonrisa breve, inclinada hacia un lado, que recordé de golpe en el patio de la escuela.

Ahí estaba Miguel. No el hombre de la cárcel. No el condenado. No el nombre de un expediente.

Miguel. El gurí.

El que había corrido detrás de una pelota conmigo. El recuerdo duró apenas unos segundos. Después volvió a desaparecer.

Miguel soltó mi mano.

—Me alegra que hayas venido —dijo.

Se dio vuelta y caminó hacia el fondo del salón.

Yo salí.

Durante unos metros pensé solamente en aquel gurí de la primaria. En cómo había sido posible que dos vidas compartieran un rato y después terminaran separadas por una distancia tan próxima y lejana a la vez.

Levantó la mano. Yo hice lo mismo.

Y por un instante, detrás de los años, de la cárcel y de la condena, vi nuevamente a dos gurises saliendo juntos de la escuela.

Después la puerta se cerró.

J. Noriega

imagen. IA

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