El coreano era un genio, pero estaba harto de serlo.

Había publicado trabajos que desconcertaban a matemáticos, físicos y músicos. Había demostrado una conjetura durante décadas inaccesible, propuesto una interpretación inesperada de un problema de física teórica y escrito estudios sobre música coreana y europea que los musicólogos discutían sin terminar de comprenderlos. También había realizado exposiciones de artes visuales: instalaciones hechas con ecuaciones, fotografías intervenidas, superficies donde el color parecía obedecer leyes que no pertenecían ni a la pintura ni a la geometría. A los cuarenta años tenía una obra que otros habrían necesitado varias vidas para construir.

Precisamente por eso estaba cansado. No quería otro premio, otra universidad, otra entrevista, otro estudiante preguntándole cómo pensaba. Cada descubrimiento le parecía cerrar una puerta detrás de él. Cuando alguien lo llamaba genio, escuchaba una sentencia.

Un día dejó Corea.

Compró un pasaje a la Argentina, eligió Rosario casi al azar y alquiló un departamento pequeño cerca del río. Buscaba algo que no sabía nombrar: paz, silencio, una vida donde nadie esperara de él ninguna respuesta.

Entonces apareció Gardel.

En una librería de usados encontró un libro sobre Carlos Gardel. Lo compró por curiosidad. Después consiguió otros. Estudió su voz, sus grabaciones, las fechas, las versiones sobre su nacimiento, sus viajes y las disputas sobre su identidad. Pronto el interés se convirtió en obsesión.

El coreano comenzó a pensar que Gardel constituía un problema más profundo que cualquier teorema. Cada documento abría otra posibilidad. Cada nombre contenía otro nombre. En sus cuadernos escribió fórmulas, diagramas y líneas de tiempo.

Fue entonces cuando conoció a la bailarina.

La vio una noche en una milonga de Rosario. No era famosa. Bailaba con una precisión que lo desconcertó. No ejecutaba el tango: parecía dejar que el tango ocurriera entre ella y su compañero. El coreano volvió la semana siguiente. Y la siguiente.

Finalmente se animó a hablarle. Le contó que estudiaba a Gardel.

—Todos los que estudian a Gardel terminan creyendo que lo conocen.

—Yo no quiero conocerlo —respondió él—. Quiero saber por qué no podemos conocerlo.

Ella sonrió, esta vez con cierta compasión.

Comenzaron a conversar. Ella sabía poco de matemáticas, nada de física y casi nada de musicología. Eso le gustó. Por primera vez alguien podía hablar con él sin admirarlo.

Se enamoró.

El problema fue que ella no.

Nunca hubo crueldad. Lo invitaba a bailar, conversaba con él, le recomendaba lugares, le hablaba de sus viajes y de sus alumnos. Pero cuando él intentó decirle lo que sentía, ella guardó silencio unos segundos.

—Te quiero mucho —dijo finalmente—. Pero no de esa manera.

El coreano recibió la frase como había recibido otras cosas en su vida: intentando comprender su estructura.

No pudo.

Durante días dejó de ir a la milonga. Volvió a sus investigaciones sobre Gardel. Encontró una antigua fotografía en la que aparecía junto a una mujer cuyo nombre también estaba discutido. La miró durante horas.

Entonces comprendió algo que ningún cálculo había podido mostrarle.

Toda su vida había buscado resolver aquello que resistía una solución: Gardel, la música, el universo, el arte. Ahora tenía delante algo mucho más pequeño y mucho más terrible: una mujer que simplemente no lo amaba.

Y, por primera vez en su vida, decidió no investigar por qué.

Esa noche volvió a la milonga. La orquesta terminó un tango. La bailarina salió a la pista con otro hombre. El coreano los observó unos segundos y, contra toda lógica, no formuló ninguna hipótesis.

Se sentó junto a la ventana.

Afuera, Rosario seguía haciendo su ruido de siempre: colectivos, motores, conversaciones, una sirena lejana, el río oscuro.

Pidió un café.

Cuando la orquesta empezó otro tango, sonrió. Por primera vez en muchos años no quiso entender nada.

Solo escuchó. Y, mientras la bailarina giraba bajo una luz amarilla, recordó una frase de Gardel que ahora le parecía casi todo:

«Percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida, dejándome el alma herida y espinas en el corazón».

J. Noriega

imagen. IA

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