El movimiento sísmico comenzó en el Pacífico.

Al principio afectó una franja enorme: desde Japón hasta Ecuador. Hubo ciudades enteras que se desplazaron algunos centímetros, puertos que dejaron de coincidir con sus mapas, edificios que permanecieron en pie aunque sus puertas ya no cerraban. Los primeros informes hablaban de un terremoto excepcional.

Pero no terminaba.

Eso fue lo primero que comenzó a inquietar a los especialistas. Los movimientos anteriores habían tenido una duración: comenzaban, alcanzaban una intensidad máxima y finalmente cesaban. Este no. Disminuía, volvía a aumentar, cambiaba de dirección, parecía alejarse y regresaba. No era exactamente una sucesión de terremotos. Era un movimiento continuo.

Un movimiento permanente.

Durante las primeras semanas, la gente abandonó las ciudades costeras. Después comenzaron a regresar.

No porque el peligro hubiera pasado.

Porque había que volver.

El movimiento alcanzó luego otros continentes. Europa empezó a oscilar. África. América del Norte. Las placas parecían haber perdido aquello que durante millones de años había permitido distinguir entre estabilidad y desplazamiento.

Los edificios comenzaron a caer. Después las casas. Después las calles. Al cabo de unos meses, buena parte del planeta era un territorio de escombros.

Los gobiernos dejaron de reconstruir. No tenía sentido levantar una pared mientras el suelo seguía moviéndose. Las ciudades se transformaron en campamentos improvisados, corredores de madera, habitaciones inclinadas, refugios sostenidos por restos de edificios anteriores.

Al principio todos hablaban del terremoto.

Después dejaron de hacerlo.

La palabra comenzó a resultar demasiado grande para una condición que ya no era excepcional.

Nos estamos acostumbrando, dijeron.

Y era cierto.

La oscilación se convirtió en una norma.

La gente aprendió a caminar inclinándose ligeramente hacia un lado. Los niños aprendieron a dormir con el cuerpo atravesado respecto de la cama. Las mesas tenían patas de distinta longitud. Los vasos llevaban una base pesada. Los hospitales instalaron correas para sujetar las camillas.

Había quienes podían determinar, por la forma en que se movía una lámpara, si durante los siguientes minutos convenía permanecer dentro o salir.

Los científicos continuaban registrando datos, aunque cada vez resultaba más difícil distinguir una medición de otra. Ya no buscaban cuándo terminaría el movimiento.

Buscaban una intensidad soportable.

La vida cotidiana empezó a organizarse alrededor de pequeñas estrategias.

Caminar.

Sentarse.

Dormir.

Comer.

Trabajar.

Amar.

Todo requería aprender nuevamente la relación entre el cuerpo y el espacio.

No era fácil orinar.

Nadie hablaba demasiado del asunto.

Era una de esas cosas que se incorporan a la vida cuando la vida ha cambiado lo suficiente. Una mañana, una mujer salió de su refugio y descubrió que la montaña que veía todos los días había cambiado de posición.

No había desaparecido.

Simplemente estaba más cerca. Miró alrededor. Los demás continuaban con sus tareas. Un hombre reparaba una puerta. Una niña llevaba una taza. Dos ancianos discutían sobre el desayuno.

Alguien había colgado ropa de una estructura que ya no podía considerarse una casa. La mujer comprendió entonces que el verdadero desastre no había sido la destrucción. Había sido la costumbre. El planeta seguía moviéndose. Y ellos habían aprendido a vivir dentro del movimiento.

Esa noche, antes de dormir, la mujer dejó un vaso sobre el suelo.

El vaso comenzó a desplazarse lentamente. Ella lo observó. No intentó detenerlo. Solo esperó a que encontrara, por sí mismo, una nueva posición. Afuera, la tierra volvió a oscilar.

Esta vez nadie salió de sus refugios.

Nadie gritó. Nadie miró al cielo. El movimiento continuó durante toda la noche.

¿Cómo es vivir cuando el mundo permanece quieto?

J. Noriega

imagen. IA

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