A las nueve de la mañana el barrio ya estaba meta comentar la noticia. Yo tenía el diario abierto sobre el mostrador, entre la yerba y los alfajores, y leía por cuarta vez el título:
Cayó un comisario entrerriano
—¡Mirá vos! Estos sí que trabajan por mayor! —dijo el Negro, y se cagó de risa.
Yo no. Seguí mirando la cifra.
En mi kiosco todo era al menudeo: dos puchos, una cerveza, un paquete de Criollitas, un poco de merca para el que venía corto y preguntaba bajito, mirando de reojo hacia la vereda.
Yo era kioskero. Y también vendía. Pero de a poco. Nada de camionetas blancas. Lo mío era cortito: una bolsita atrás de las gaseosas, otra en un cajón, un pedido rápido antes de que llegara otro cliente.
El barrio sabía. O sospechaba. Que viene a ser casi lo mismo.
A media mañana empezó el desfile de opiniones. La señora de la esquina dijo que siempre agarraban al pirincho de abajo. El Negro dijo que para mover mil trescientos kilos tenía que haber gente pesada metida. Un jubilado dijo que la Policía sabía todo. Otro, que no sabía nada. Una mujer dijo que el Gobierno se hacía el boludo. Otro aseguró que los medios armaban circo para vender.
—Siempre lo mismo, che. Cuando agarran a uno, parece que descubrieron América.
Yo atendía y escuchaba.
Acá la gente sabe un montón. Sabe quién vende, quién compra, quién aprieta, quién mira para otro lado, quién cobra. Lo que nunca sabe es dónde termina una cosa y empieza la otra.
El jefe de Policía decía que no era una simple sospecha.
“Nadie está por encima de la ley.”
Me quedé mirando esa frase.
—Mirá qué lindo —dijo el Negro.
Debajo del mostrador tenía una caja de cartón. Adentro había algunas bolsitas. No eran mil trescientos kilos. Ni de cerca.
Acá la ley entraba y salía de distintas maneras: a veces con uniforme, a veces con una orden judicial, a veces con una patrulla que pasaba despacio. A veces ni entraba.
A eso de las once entró un guacho. Miró las golosinas, después las bebidas y finalmente me miró.
—¿Tenés?
Asentí. Fui al fondo y volví con una bolsa de pan. Él pagó. Se llevó también una Coca.
—Gracias, papa.
—Dale.
Se fue.
Afuera pasó un patrullero. Despacio. Demasiado despacio. Todos lo vimos.
Volví a mirar el diario. La noticia hablaba de narcotráfico. Esa palabra me gustaba. Sonaba limpia, universitaria, como si el problema empezara recién cuando había una montaña de marihuana.
Narcotráfico.
Yo era otra cosa. Microtráfico. Narcomenudeo. Kiosquero.
Según quién preguntara.
La diferencia estaba en la cantidad. No en la cosa.
Y entonces pensé que quizás todos hablábamos del mismo negocio, pero desde lugares distintos: el comisario desde una camioneta, el proveedor desde quién sabe dónde, yo desde el mostrador, el guacho desde la vereda, la Policía desde el patrullero, el Gobierno desde una conferencia, el periodista desde una computadora.
Todos tocábamos la misma cosa. Nadie quería tocarla demasiado.
A la tarde el barrio estaba pesado. Calor húmedo, mosquitos, una moto sin escape. La radio decía que el Gobierno iba a ir hasta las últimas consecuencias.
—¡Y bueno, que vayan nomás! —gritó alguien desde afuera.
Después se escuchó una carcajada.
Yo limpié el mostrador, acomodé los alfajores y guardé el diario. Pa´ mi el kiosco es una frontera: de un lado, lo que se podía vender; del otro, lo que no ve. Pero la frontera estaba hecha de cartón, de una caja de gaseosas, de una cortina, de una puerta que se abría todo el día.
Entonces pasó otra vez el patrullero. Esta vez el policía miró hacia adentro.
Yo también.
Nos quedamos así un segundo.
Él siguió.
Yo bajé la vista. Debajo del mostrador estaban las bolsitas. Arriba, los caramelos.
Entre una cosa y otra no había casi nada. Solo un pedazo de madera.
El barrio entero es eso: una madera finita separando dos cosas que, en verdad, no están separadas.
J. Noriega
imagen. IA














