Suplemento Literario Nº 5

Lucas Carrasco nació en Rosario y vivió en Paraná. Es periodista y bloguero. También escribe literatura.

 

La mina más linda del universo

 

Yo estuve enamorado de vos, de nuestra adolescencia y siempre, por cualquier razón, me acuerdo de alguna de las pocas cosas que pasamos. Sueltas, así, inconexas y de repente. Como si fueran retazos de un acolchado viejo: esquinas, por ejemplo, boliches o pizarrones.

Fuimos novios, para toda la vida durante un par de años. Besabas, no se si es momento de decirlo, mal. Besabas mal. Aunque tenías tu lengua de fuego, como esos lagartos de los dibujitos, insaciable, putísima en la intimidad precaria del amor. Cuando tenías otros aros, no estas perlas, porque ahora, mierda, que estás callada, cuando tenías el pelo con brillo, la cara más viva, los ojos desconfiados, los hombros caídos. Me gustaban, me quejaba porque de algo tenía que quejarme. Ja. Pelotuda. ¿Cómo? ¡De las tartas, de qué sino te voy a estar hablando! Te gastaba porque siempre cenábamos trabajos prácticos y tarta. ¿Te acordás, lo que te decía? Bueno, sí. Igual, vos te reías, me guiñabas un ojo y me servías. Yo, comía. Era una ritual que me encantaba y calentaba. Simple, nunca pensé que podía llegar a gustarme algo así, casi tonto, pero me gustaba. Porque calentarme me calentaba todo cuando éramos pendejos. Me da vergüenza que te acuerdes de eso: pero es que no aguantábamos más. El árbol, el parque, las estrellas, siguen estando. Lo que no está es la mancha de semen, obvio: nunca estuvo, la verdad es que no alcancé a acabar afuera. Cuando te traumaba no tener más tetas. Mirate, ahora, irreconocible, dormida, para siempre, en un cajón. Tus parientes, acá en la otra pieza, están llorando. Tus amigas se miran, buscan qué gesto ponerse. Mi abuela te contaría, uno por dos (es tramposa cuando ama) los arreglos florales, ella calcula así el veredicto que tendrá el muerto en el juicio final antes de que el cadáver y las evidencias se enfríen: si fue o no fue respetado en el barrio lo mide, con su cerebro bibliotecario, sin embargo; lo mide deshojando margaritas. Mientras busca audiencia para el rosario de puteríos almaceneros. Me quiere, no me quiere, va diciendo, con anecdotarios de pensión ferroviaria a sus amigas del Club Social. Aún vive. Mi hermanita es más alta que yo. Y se porta mejor que nosotros. Va a la escuela Normal. Termina este año. No, no me casé ni tuve hijos. Sé, bah, creo saber qué te pasó a vos. Pero ya está, ya terminó todo. Hay, creo, bastantes coronas. Ni te importan. Sos la misma ternura de siempre. No cambiás más, lo bien que hacés. Pará. No vamos a discutir ahora. Nadie escucha. Y si escuchan que me chupen la pija. Todos los invitados tienen café. Están sentados los que quieren y los que no pueden, vos, acordate, nunca podías quedarte parada cuando llorabas. Te ibas al rincón, en cuclillas, partiéndome el corazón que entonces tenía y andaba tratando de aprender a vivir. Me lo olvidé en un taxi. Ya no tengo corazón. Hay uno, pobre pibe, ahí, ah, cierto, no podés pararte a verlo: está arrodillado, desconsolado. Qué se yo cómo se llama. No te levantes. Ya se le va a pasar. Los invitados están bien. Un poco tristes, eso sí. Yo también estoy mal. Me da cosa que te hayas muerto.

Hace mucho que no voy a un velorio. Les esquivo. No sé por qué vine, la verdad. Bah, sí, sé, vine por la muerta. Pero a los velorios no se va por el muerto, se va por los deudos. El muerto ni se entera. Los deudos son quienes necesitan consuelo. Coronas y cruces y rituales. Respeto eso, aunque me voy de boca, lo respeto. A la madre se la llevó, dopada, una ambulancia. La calle está un poco más quieta que en mi último recuerdo. No veo la hora de irme. Pasa que me da culpa o verguenza o todo eso junto y explosivo, no sé qué emoción activar. ¿Qué me quedaría bien, una mueca cínica, un llanto casi reprimido, la cabeza gacha, pararme en la silla, contar lo que pienso, abrazar al hermano, pegarme un tiro en el baño, basta. Cabeza, basta. Respetá mi voluntad: mis órdenes son que no pienses más. Carajo. No jodas. Por lo menos hasta mañana. Y mientras tanto, bue, mientras tanto, qué mierda hago mientras tanto, ahora, acá?

Qué lindo era tocarte el culo, besarte las tetitas, esos pezones de bebé, qué lindo reírnos de los profesores, altos y rutinarios como un mástil, contra el eco torpe de las aulas, fue lindo. Ya sé que de esas aulas presidiarias nos quedaron ahogos imperdonables. Busquemoslé, igual, el lado bueno. Las dejamos atrás. Un día, sin darnos cuenta, las dejamos atrás y la vida siguió y tropezó y empezó. En otra parte. Donde también a veces nos mandonean, nos humillan, nos cortan las alas. Pero somos perros tercos en una esquina abandonada. No nos vamos, nunca muy lejos, toreamos por lo nuestro, a veces hasta ganamos y hacemos nuestro el último baldío. De remate. Los otros, huyen. Al territorio espiritual donde habitamos, eso que ahora volvió a llamarse alma, lo hemos cuidado. Está baqueteado, oxidado, un alma que los municipales confunden con el container del barrio. Pero sobrevivió para contarla. Los marcadores, las fotocopias, los manuales. La vida siguió, nos hizo más fuertes, curtidos. Te habrán venido, como a mí, otras escolaridades: las laborales, las familiares, las económicas, las culturales, las sanitarias. Pero ahí ya sabíamos cómo defendernos y qué hermoso culo tenías.
Princesa muerta.
¿Tu perro tenía, no puedo acordarme cual, el nombre de un personaje de Lovecraft, no? Cuando viví en calle Santa Cruz, al lado, mi vecino, Javier, profesor de historia, devoraba los libros de Lovecraft. Tenía todas las paredes llenas de estantes y libros y cajas y más libros. Yo vivía al lado, en una casita igual de chiquita, pero nunca tuve libros. Siempre los leí y los regalé o los perdí o los tiré. Debo tener algún mambo raro con la pérdida, que no quiero arrastrar, nunca, equipaje. Tendría que haberte comprado flores. Iba a que con Javier hablábamos de literatura hasta que cerraban los bares. No tengo plata pero si tuviera seguro no hubiera comprado flores. Una corona, Don Florero.
No me veo:
-Buen día, señor florero, ¿tiene flores de velatorio?
-Sí, señor, esto es una florería, frente al cementerio: menos almas y coartadas para el juicio final, vendemos todo para la muerte. Incluso, tenemos una promoción: muérase dos veces al precio de uno.
-Ok. Deme todas las flores. Cárguelas a la cuenta del muerto.

Capaz que flores robadas, en aquellos años lo odiaba a Jorge Asís por los libros que, entendía, se traicionaron, absurdos, pero absurdo yo, que era pendejo, no entendía un montón de cosas. Flores robadas, como las de ufff esa noche. Que no quiero acordarme. Voy a llorar si me acuerdo. Qué habrá sido de la vida de Javier. Lo ví por la tele, en una marcha, del sindicato de docentes. Había escrito un libro sobre un anarquista asesinado durante una visita de Patrón Costas a un muelle. ¿Se habrá editado? Me había pasado los manuscritos. Desde esa casita se veía el río, las barrancas más altas, algunos árboles. En Quilmes, una vez, bah, qué importa, la puta madre. Saltar, rápido, a otro recuerdo, a otra cosa. Huir, barco torpe, rajar inmediatamente de acá. Barco torpe de la mente triste. Mi abuela se va a morir. El barrio va a ir al velorio. Las viejas de doble apellido. Los docentes jubilados. Algunos coroneles y obispos. Los nietos, ya grandes. Quizás ya haya nacido mi nuevo sobrino para entonces. ¿O era sobrina? Me dijo, por teléfono, sobrino. El jardinero te quedaba tan lindo, mi amor, tus tetas de paloma, tus chistes cobardemente íntimos, afectuosamente cómplices, tu risa dolida, no quiero llorar, eras tan linda cuando te burlabas de mí, que la bragueta abierta, que el pullover al revés, que te pusiste, Lucas, una sola media, el parcial fue ayer, hoy es domingo, cerró la biblioteca a las ocho, boludo de mierda, trepando los techos. Crecé, afeitate, cogeme, gracias por defenderme, no importa de quién, me querés defender siempre aunque del enemigo equivocado. No voy a llorar. Voy a llorar, voy a terminar llorando y se va a largar una llovizna, me voy a sentir una cloaca en el desierto, ¿porqué vos, justamente vos, porqué no me morí yo? Después me sentaba, te hacía los exámenes, mientras vos mirabas, por el balcón, la vida que afuera nos esperaba. Nos amenazaba. Yo todavía sigo peleando, vos ya le habías vencido a la derrota. Los amigos en común me contaban. Tengo que irme de acá, antes de que lleguen. Y me vean llorando. Y quieran consolarme.Si alguien quiere consolarme, te acordás, me apeno violentamente más, pierdo el control, me pego la cabeza contra las ganas de hacer el bien mil veces y vuelvo y defraudo a todos, pará, perdona, mi amor.

Un día me dijiste “te amo”. Tenías tu jardinero de jeans con la estrella federal, naturalmente roja. Las zapatillas de tela. El mechón de otro color. Escuchábamos una banda. A vos te gustaban esas cosas, de los recitales, alternativos, etcétera. A mí no. Te acompañaba para que me vean con vos. Tus tetitas, tu sonrisa dolida, un culo enciclopédico y tu honestidad filosa, atorranta, tajante.
Para no defraudarte me hice honesto. Intelectualmente nomás, eh. Lo que importa. Cuando pasó lo otro y yo te sufría el jardinero de jeans, uh, mke enredé con la oración. Bueno, el jardinero de jeans. Me daban ganas desesperadas de atarte a la cama y hacer unas contorsiones imposibles donde te pasaba la lengua por el clítoris y te cogía con la pija tan parada que era más alta que yo. Que no es decir mucho. ¿Estarán, todavía, las marcas en la pared con crayón, de aquella discusión sobre quién era más alto? Ohhhhh, ya sé que me ganaste. Conchuda. Te cuento algo, ese día, dentro de los zapatos, que me quedaban grandes (yo heredaba los zapatos de mis hermanos mayores, debía cuidarlos para mis hermanos menores pero no podía, por la operación. Bueno, pensé que no te acordabas, igual, el secreto es otro:) me puse, dentro de los zapatos, en puntas de pie. Igual ganaste.

Qué viejo que está el padre. Está entrando con vocación imposible de desapercibio. Siempre tuvo huevos este viejo. No quiero que me salude. No sé qué decirle, qué cara ponerle, quiero irme volando por el ventanal que está arriba de la cruz y el cielo y dejar una carta pidiendo disculpas.

-Gracias por venir, Lucas. Ella siempre andaba preguntando por vos. Si tenías plata, si tenías novia, si tenías laburo. Tratando que no te enteres que ella preguntaba por vos.
-….
-No llores, sos grande, tenés calle, ¿qué hicimos mal, Lucas? Ella decía que vos nunca ibas a dejar de ser un niño, el niño más hijo de puta del planeta. Te leo el blog desde el principio, sí, ella también. Lo cometábamos con mi señora. Con el tiempo hicimos que te respete. ¿Viniste solo? Mi mujer, al final, no paraba de gritar contra el televisor la vez que te jodieron con
-….
-“Papá, me decía, si llama Lucas decile que no estoy. Ese egoísta de mierda necesita una madre, no una novia”. Después volvía al rato preguntando si habías llamado. Afuera hay una ambulancia. ¿Te sentís bien?
-….
-Decía, pobrecita, en paz descanse, decía que si algún día llegaba a tener un hijo, ibas a ser el padrino. Creía que lo único que podías hacer bien era ser buen padre. Te comparaba conmigo. Me hacía enojar, yo le gritaba: yo no soy un desastre!!! Tengo un dolor, acá, en el pecho. Y me duele más saber que tengo ganas de que sea un infarto. Definitivo. Me cago en dios, en el destino, en mí, en qué fallé. En qué? No llores, boludo. No llores.

Salí, de ahí, a fumarme un pucho. De estos cigarrillos caros que ahora fumo. No me acuerdo el nombre de esta chica que está, ahí va, boludo, es feísima, saliendo del kiosco, camino al velorio. La piba, bah, ya tiene mi edad, la señora es chueca. Recién me doy cuenta. Cómo estás, che, tanto tiempo, sí, un bajón. Se debe llamar Che, como Guevara. Para socializar el olvido. Me la cogí en un garage, llovía, ah, no, paráaaaaaaa, ja, no me la cogí, no se me paró, esa noche. Estaba borracho. Y supongo que herido. Mierda, te fuiste. ¿Habrás sabido eso?
Ojalá que no.
Sos, eras, sensible. Te dolían las cosas un poco más que al resto de la gente. Luchabas contra eso. Y eso, al final, te ganó. Eso es una cualidad demoledora. Que triunfa en los libros, los sueños, los credos. Pero apenas cruza la calle muere aplastada y todo el mundo cree que fue un accidente.
Llegar a mi edad con el mismo, aunque malherido, cosido, hecho piltrafa, tener el mismo corazón simple es una pequeña victoria que nadie me creerá pero yo sé que es así, que es verdad y eso me alcanza. Eso te mató, pero a todos, tarde o temprano, nos mata algo. Pueden ser las balas de fogueo y desilución que disparan del campanario. Con suerte es así. Pero todos, tarde o temprano y sin previo aviso, nos vamos a ningún lado: nos morimos, jodiendo a los que quedan.
Lo buenos mueren habilitando los chistes de velorios. Gracias, mi amor. Gracias por la magia. Gracias por todo.

Las pulseritas, esas que vos misma hacías, con el tiempo y algún familiar lejano, alguno las va a tirar a la basura y terminarán enterradas como tus huesos y tus sueños.
Mi compromiso, sin la solemnidad del olvido, es tratar de seguir luchando, hasta donde pueda, por tus sueños. Que una noche, de primavera lluviosa y pete mediante, fueron nuestros sueños. Que nadie entierre, ese es mi compromiso, los sueños que nos quieren clausurar.
Allá enfrente hay un bar.
Debería emborracharme hasta desmayarme de olvido, hasta no escuchar hípótesis, hasta firmar por siempre con el escribano de dios que seguro es el propio dios y a la vez es el escribano del despacho donde se tramita el olvido; un contrato para que me siga doliendo, que llore como un boludo en la cola del banco, estas son mis flores, que cada vez que me acuerde de vos quiera ser mejor persona, que no pueda soportar ni un pajarito moribundo en la vereda sin tentar la violencia. Sin provocar al mundo. Sin dejar de reírme. Burlarme, odiarme, escaparme.

Tu viejo me contó que hacías lo mismo que yo. Pasa que vos no necesitabas protección, vos no eras torpe ni confiada ni adicta a cuanta luna se asome por la esquina perdida de los clubes de la C que ofrecen lo que nuestro extravío libertario necesita para apartarse, en esa frontera que algunos todavía llaman alma, donde los fracasados podíamos contar triunfos que nunca vivimos a los linyeras con hambre y frío y la necesidad de creer en algo (es peor que el paco) en esos bares que fueron nuestra Patria. Parias haciendo Patria. No podía funcionar. Lo sabíamos. Le metimos para adelante. Yo sigo buscando mi matria. Como ayer o anteayer. Pero infinitamente más solo.
Lo que lloré al enterarme que vos también andabas tratando de que no me devoren, tratando, también, de ayudarme, ¡después de tantos años, décadas ya, sin vernos, tratando, por el bien de los dos, de no cruzarnos ni en la cooperativa que venda pan antes de fundirse sino vamos, pendeja, cómo querés que no llore desparramado en el piso! Vos y tu que yo no sepa que hacías eso. Más vale, no lo hubiera soportado. Porque yo siempre quise cuidarte y no tenía, ni tengo, ojalá algún día tendré, con qué, la diferencia entre vos y yo, es que yo quería protegerte pero no sabía cómo ni tenía cómo.
Un águila más negra que la garganta de una rata acaba de remontar vuelo. Salió de mi pecho. Se fue para siempre.

Cuando llegue a casa, me lo entablillo. Al dedo gordo del pie izquierdo. Como en los mejores córner, allá lejos, que pateé. Antes de la operación. Le pegué para hacer un gol olímpico, le pegué, mal, con el empeine. Al árbol. La uña encarnada me sangra. Qué alivio enorme, enorme, enorme, siento, corazón, que hayas entendido eso. Y que me hayas, en las sombras, respetado. Pensé que, bah. Me duele el dedo gordo del pie.
Hice larguísimo este texto. ¿Y qué?
Lagrimea, por mí, el perro. Es un perro que junté de por ahí. Se llama, nunca quise contarte, como el niño que perdimos. Me contaron que ya lo sabías. Recién, tu amiga, la ajá, me lo contó.

¿Hay telón, para una vida? Si lo hay, bájenlo. Después de que el padre, nos imaginábamos suegro y viceversa, pobre hombre, no aprende más: aún sigue sintiendo afecto, ese afecto del valioso, sin coordenadas donde los senderos de palabras se bifurcan, por mí. Pero la montaña negra de pena que llevará el resto de sus días, no lo merece.
Llamo al perro.
Me grita algo. Lo sabe.
¿Lo habrá sabido siempre?
Yo oblo la esquina, me voy, soy un maricón, siempre me estoy yendo. Vendrán otros culos, otras minas, incluso, capaz vuelva a enamorarme. Pero dios ya no fabrica culos lindos con buen corazón.Hace rato que dios no quiere invertir en su mundo, cree que irá a pérdida.
Un viejo, gloriosamente viejo, grita desde la puerta del velatorio el nombre de mi perro. Me doy vuelta. Pone, el viejo, los dedos en V.
Doblo corriendo la esquina y el bar y el semáforo.Me siento a llorar en la banquina. Mi perro también. Me da risa que el cachorro llore sin saber por qué, de puro solidario.
-Perro, te quiero. Aprendiste lo único que te puedo enseñar.

En algún momento, tetas de teclas, te odié un poco, fue un odio boludo y culpable y yo era consciente de estar equivocado. Te odiaba, cuando cortamos, por no quererme todo lo que yo te quería. Por no enamorarte errante, desesperada, por no emborracharte y putear y extrañarte como hice yo. Después se me pasó. Y me pasó un poco menos con otras y pasaron los años y fui perdiendo intensidad y amé más calmado y aburrido y empecé a vivir de lo que escribía y empecé a regular lo que escribía. Algunas veces, me acuerdo: tu beso, el te amo, esa postal. Y mando a la concha de la lora a todos. Como si así pudiera volver a besarte.
Es un consuelo, el que me queda, la razón por la que te odié.
No te hice sufrir tanto como sufrí yo, así de sencillo, y hoy te agradezco: me enseñaste a perder. Nada más.
La mayoría de la gente se propone ser buena persona y no lo logra. Te hirieron, alguna fuerza cósmica que marca futuras muertes. Les peleaste a esos fantasmas. Y les ganaste. Que descanses, princesa muerta.
Ya no sufrirás. Valió la pena.

 

 

 

Martes, octubre 01, 2013

 

 

 

Fuente: La Nota digital

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2 Comentarios

  1. debe ser uno de los mejores cronistas urbanos de entre ríos, junto a budasoff, almada y marín.

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