El cielo de Boedo

D. Durand

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La claridad de esta mañana deposita un dulzor
de sospecha en los despertantes, no saben si son
los mismos de ayer, tratan de no moverse por temor a quebrarse,
las nubes flotan al sol, agrupadas en rebaño, pasan por el corredor
del sur, y otras pequeñas muy transparentes, a punto del desvarío
se imantan hacia el centro de la bóveda, y al toque se desvanecen.

 

La tarde enardece, el blanco dominante de las nubes torna ahora en borbotones
de gris que las carcomen y empujan hacia el oeste, para dar el espectáculo
aún incierto al final de esta hiperclaridad congelante.

 

El sangriento atardecer ha pasado inadvertido, pero todavía quedan,
antes de la noche, largos trazos débiles de marrón en los escenarios
montados en el sur, una sola estrella ha comenzado a vibrar pequeña
encima de la ruta de los lienzos terrosos, unos oscuros, se refunden
en un gris violaceo seco y tumultuoso, en los vuelques, donde el sur
se confunde con el oeste; otra estrella emerge aún más pálida,
comienzan a competir con las luces de las ventanas de los edificios
que tambien se encienden, sin ritmo pero musicalmente.

 

La calma del día continua, salvo por ráfagas de viento que cada tanto balancean
las plantas de las terrazas y hacen vibrar apenas a los árboles grandes
de la avenida. La luna, con un borde apenas refilado, brilla a medio camino
del centro del cielo, intensifica el yodo raro de una nube gruesa que se acerca,
veloz, empujada por el aire del río, ostentando un cobrizo intenso que se revuelve
dentro de sí. En el norte nada, una estrella empieza a estar, el cielo es más
húmedo y azul, un pino está por la mitad de su completa oscuridad. En el oeste
trazos marrones rojos se disgregan en granos, otras estrellas aparecen
en el centro del cielo, junto a unas nubes obesas desencajadas blanquísimas
que rien ante todos antes de partir.

 

Noche. bajo un techo de cielo negro, una fronda blanca cenizosa inmovil
de brumosas nubes, más abajo, por el corredor diagonal trasero, pequeñas nubes redondeadas, en fila navegan ligeras hacia el noroeste, cinchadas
por un helicóptero de prefectura. La luna ya casi llega al tope, agujereando
la fronda nubosa, como un soplete que derrite hielo.
Pasó la zozobra del cambio de luz, se ha quebrado el hechizo de quietud
que sujetó este día con finos cabellos a un misterio.

 

(La Nota digital)

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