Una noche de luna llena

J. L. Henares

Quince años atrás daba clases en una escuela secundaria nocturna para adultos en las afueras de la ciudad. Una noche de agosto, al finalizar la jornada me dirigí a la parada del colectivo, distante a pocos metros del establecimiento.

 

a través de Una noche de luna llena — Juan Luis Henares Escritor

 

Casi al llegar a ella se acercó un vecino del barrio, quien me avisó que a la hora veintidós los choferes de transporte de pasajeros habían comenzado con un paro sorpresivo, así que hasta las seis de la mañana no funcionaría el servicio. Por lo tanto, llamaba a un taxi o caminaba por la ruta hasta mi casa. Como era fin de mes, y mis bolsillos estaban casi vacíos de dinero, decidí caminar los cinco kilómetros que separaban la escuela del pueblo en donde vivo.

La noche estaba fría, pero al menos la luna llena alumbraba el camino. Disfrutaba el sonido de los insectos y animales nocturnos que amparados en la oscuridad de la vegetación daban toda una sinfonía que acompañaba mis pasos sobre la banquina de la ruta. Pasó un coche, y a punto estuve de hacer dedo para ver si podía acercarme; pero no me animé, vaya uno a saber si el dueño del vehículo tenía ganas de compartir unos pocos minutos de su viaje con un desconocido acompañante.

De pronto apareció ante mis ojos: la vieja fábrica química abandonada al costado de la ruta, la que yo siempre observaba desde la ventanilla del colectivo. Ubicada en el interior de un largo curvón que toma la carretera, la luz de la luna la dejó al descubierto, oculta detrás de un pequeño bosque de longilíneos pinos. Me tenté, ¿por qué no tomar el viejo ingreso que lleva por las calles internas? Era una oportunidad única de conocer ese lugar del que tantas historias contaban los alumnos en la escuela. Además, al quedar en la parte interna de la curva, me ahorraba transitar unos cientos de metros.

Entusiasmado con la aventura tomé la senda, perpendicular a la ruta, que se interna en la fábrica. Ésta, estaba compuesta por dos viejos galpones, con los vidrios de sus ventanas destruidos —unas pocas persianas metálicas rotas colgaban aún de ellas— y paredes sucias a causa del paso del tiempo y la humedad. Uno de los edificios tenía una chimenea de ladrillos, con las hileras superiores ennegrecidas por el humo que despidió en otras épocas. Al medio, una enorme balanza, en la que seguramente se pesaban las cargas de los camiones; sobre un costado completaban la escena una pequeña edificación con planta alta y una construcción más precaria con dos puertas que, por la inscripción Damas y Caballeros que se alcanzaba a leer sobre ellas, habría funcionado como baño.

El viento lograba que las viejas ventanas se azotaran contra la pared; lo mismo sucedía con la puerta de uno de los galpones. Me acercaba a él cuándo un sonido atrajo mi atención; giré a mi derecha y en la penumbra percibí un movimiento. Mis músculos se tensaron, la mirada se agudizó. Un gato negro dio un salto desde atrás de una pila de deshechos cajones y trepó por la cañería hacia el techo. Sonreí y me tranquilicé, pero al regresar mi mirada hacia el sendero encontré una figura —muy alta pero algo encorvada— que con la luz de la luna a sus espaldas saludó con su mano derecha levantada. Vestía sobretodo negro y sobre su cabeza un gorro al mismo tono. No pronunció palabra alguna, pero con un ademán me invitó a seguirlo; sin entender el motivo lo hice y caminé tras sus pasos.

Nos trasladamos por un estrecho pasillo entre uno de los galpones y el edificio más pequeño; luego ingresamos por la puerta lateral del primero. Las maderas de la entrada crujieron, lo que hizo que las arañas corrieran a esconderse en sus nidos. Me llevó por un corredor, con piso de cemento, que pasaba entre medio de varias máquinas; al final se detuvo y señaló lo que parecía ser un viejo piletón cuadrado, de al menos tres metros de lado. Imposible conocer su profundidad, ya que un líquido verdoso y nauseabundo lo llenaba casi hasta los bordes. Se acercó y lo observó detenidamente durante un par de interminables minutos, al final de los cuales yo casi no podía aguantar las arcadas producidas por el hedor. La penumbra reinante y el cuello levantado de su sobretodo —sumado a la gorra que lo cubría hasta debajo de sus orejas— no me permitieron distinguir las facciones de su rostro. Luego de asegurarse que yo había prestado atención al estanque, dio media vuelta y me guio por el camino hacia una pequeña oficina ubicada en una esquina del galpón; entramos y señaló una oxidada silla de metal. Me senté, sus patas se separaron y debí apoyarme en un viejo escritorio para no caer; sobre el mueble se encontraba un antiguo libraco, tan antiguo como grande y humedecido, con hojas ya marrones. Estaba abierto en un listado de nombres; detrás de cada uno de ellos se registraba un horario y la respectiva firma: comprendí, era el libro de asistencia, donde cada obrero marcaba su hora de ingreso y salida de la fábrica. Con los dedos de sus manos me indicó el número ocho: el octavo en el listado era un tal Gino Iovaldi. Pronuncié el nombre en voz alta; mi enigmático acompañante pareció, satisfecho, esbozar una leve sonrisa. Era él, Gino Iovaldi era su nombre. Caminó pocos pasos y se detuvo frente a una especie de pizarra colgada de la pared. Entre restos de palabras escritas con tiza, una lámina a color —o lo que quedaba de ella— en la que los dictadores Jorge Videla y Emilio Massera entregaban la copa del Campeonato Mundial 1978 de fútbol a Daniel Pasarella, capitán del equipo argentino; al pie de ella su título: ¡Ganamos! Sobre el pizarrón, un gran cuadro con la frase Los argentinos somos derechos y humanos. Me miró, parecía querer confirmar que comprendí el mensaje; luego señaló la puerta.

Transitamos en silencio el mismo corredor por el que ingresamos; al salir del galpón la luz de la luna de repente iluminó su rostro. Me sorprendí al poder verlo por primera vez: parecía no tener cejas ni pestañas, y su cara estaba llena de cicatrices, como si hubiese sufrido graves quemaduras. Solo dos grandes ojos marrones lograban que su rostro pareciera humano. Me despidió con la mirada, y sin mediar palabra caminé unos pocos metros; de repente pensé que tenía muchas preguntas para hacerle: di media vuelta, pero el extraño hombre ya no estaba. Volví sobre mis pasos e ingresé nuevamente al galpón, pero el corredor se encontraba completamente vacío; primero miré hacia arriba, luego investigué las paredes en busca de una puerta secreta, pero no encontré nada. Lo llamé ¡Gino! Una, dos y tres veces; grité su nombre pero no hubo respuesta. Salí de la fábrica aturdido; llegué a la ruta casi sin comprender lo sucedido, con mi cabeza llena de datos que parecían girar en ella y yo sin poder detenerlos. Caminé de esa manera hasta llegar —casi una hora más tarde— a casa, me tiré en la cama, y quedé profundamente dormido.

Al despertar a la mañana siguiente solo habitaba en mi mente Gino Iovaldi. ¿Quién era? ¿Qué hacía en esa fábrica abandonada? ¿O todo había sido un sueño? Urgente me dirigí a la computadora, y en el buscador de Google coloqué el nombre. Nada. Recorrí las diferentes entradas; en la mayoría se combinaba Gino con otros apellidos, y cada tanto aparecía Iovaldi pero con otros nombres. Horas pasé en la búsqueda. A punto de desistir, noté que una entrada dirigía a una web sobre desaparición de personas en Argentina, y recordé el poster de Videla y Massera. Ahí, en un listado de desaparecidos en los años de la dictadura militar, lo encontré: Iovaldi, Gino. Nacimiento 1944, desaparición 1978. Soltero, sin hijos. Último trabajo: Química La Patria.

Pronto me contacté con organismos de Derechos Humanos, quienes me contaron que Gino —más conocido como El lungo Iovaldi— era ateo y marxista, delegado de los trabajadores ante el gremio; en la fábrica organizó un pequeño grupo de obreros junto a quienes estudiaba a Marx, Gramsci, Lenin y Guevara. Pero los dueños de la empresa tenían fuertes conexiones con los militares, y como pasó con tantos otros un día no se supo más nada de él. Si bien con el regreso de la democracia comenzó la investigación, jamás hallaron rastro alguno. En entrevistas realizadas a ex trabajadores a mediados de los años ochenta —la fábrica cerró en 1979—, varios comentaron sobre rumores de cuerpos arrojados a un tanque con ácido sulfúrico. Luego cesó la indagación, tras lo cual todos se olvidaron de Gino.

Pero yo no me di por vencido: proseguí con la búsqueda. Pasaron meses, luego años. Al principio algunos jóvenes militantes iban a mi lado en los recorridos por la fábrica; aunque cada vez que repetía la historia de lo que viví esa noche recibía como respuesta miradas evasivas, como las de quien intenta eludir una conversación. Más tarde ya nadie me acompañó: siempre había una actividad importante que les impedía realizar la visita; al tiempo me pareció notar que esas miradas extrañas se habían transformado en burlonas. Una noche en la escuela ingresé al aula y encontré en el pizarrón, escrita con grandes letras hechas con tiza amarilla, la frase El profesor chiflado. Recién en ese preciso momento caí en la cuenta —con mucha tristeza— de que todos se reían de mí, que nunca nadie creyó ni creerá mi historia.

Ahora, jubilado ya, disfruto de las pocas cosas que me gustan en la vida: colecciono monedas y estampillas, miro la lluvia caer, leo bastante y escribo pequeños relatos. Y como la cardióloga me recomendó que para cuidar mi salud lo mejor es el aire puro de la campiña, en las serenas noches de luna llena salgo a caminar, y con una botella de vino en la mano busco a Gino por los recovecos de la vieja fábrica abandonada.

 

✍️ 2017
📕Lápiz clandestino, J. L. Henares, Ana Editorial, Paraná, Argentina, 2018
🌐youtube.com, Ed. Las Sofistas, Radio de la Plaza, Paraná, Argentina, 2019
🌐buenosrelatos.com, Barcelona, España, 2019