Girasoles

N. Loza

—Hace tiempo que no estamos bien. Estoy cansada de esto—dijo Miriam.
Yo también estaba cansado pero no decía nada. Hacía dos meses que dormíamos en camas separadas. Nos habíamos mudado a esa aldea hacía un año con el deseo de ser felices. No lo éramos. Yo creía que así, nunca iba a serlo. Esa era mi realidad.

Había dejado atrás todas mis aspiraciones profesionales por formar una familia, por formar esa familia que nunca había tenido. Los cimientos de esa casa de mentira me estaban fallando. Todo se derrumbaba.

—¡Estoy cansada de que me trates mal! ¡Estoy harta de tus vaivenes de humor! ¡No quiero vivir así!—me gritó Miriam azotando el vaso de agua sobre la mesada mientras yo fumaba en la ventana de la cocina.

En ese momento pensé en los primeros tres meses, cuando creíamos ser felices. Recordé las caminatas, el conocer a sus padres y a sus hermanos pero, naturalmente, eso fue cambiando con el pasar de los meses. La cotidianeidad, la rutina de la vida en casa, esa cosa extraordinaria del otro, se fue perdiendo. Yo lo entendía.

—Me vuelvo a lo de mis padres. Yo no sé que vas a hacer vos—me dijo.
Una vez más estaba solo, como siempre. Todo había sido una gran ficción, un simulacro, como todo lo que hace la sociedad. Otro simple ritual en busca de la felicidad, como en la iglesia, como en año nuevo, como en las fiestas de cumpleaños. Nada real, solo simulacro.

—Yo me voy a quedar a vivir acá—le dije. Miriam se sorprendió. Tuve la sensación de que mi respuesta la sacó de lugar. No se la esperaba.

—No te podes quedar acá. Todo el mundo sabrá que nos separamos, que nos fue mal, que fracasamos en construir una vida juntos y se burlarán—me dijo.

—No me importa—le respondí. No me importa lo que diga tu puta familia o la mierda de gente que vive en este lugar. Nada de eso me importa. Yo no tengo a nadie y me da lo mismo vivir acá o en París. Vos me trajiste acá y acá voy a vivir.

—Vos estás loco, completamente loco. Quiero que te vayas, Walter—me dijo.

—¡No me voy a ir! Si vos vas a vivir el resto de tu vida acá, yo viviré acá, y te la vas a tener que aguantar. O ¿ya andas con alguien de esta puta aldea y no me querés decir nada?—le pregunté.
Se quedó en silencio unos segundos.

—Estás completamente loco—volvió a decir.

—No me importa si pensás que estoy loco o no—le dije. Voy a vivir acá. ¿Es el paraíso que me dijiste que era, no? Por alguna razón vos querés seguir acá. ¿O no?
Cerró la puerta principal y se fue con lo puesto.

Encendí el televisor y mirá las noticias de medianoche. Pensé en el tiempo perdido y en los sueños renunciados. Destapé un Jack Daniel´s que tenía de nuestra última visita a la ciudad y comencé a tomarlo. Me vino a la cabeza la imagen de mamá, feliz, en sus últimos días, deseándome construir una familia. Pensé en mi vida en la ciudad, pensé en una futura vida solo, allí en la aldea. Luego me acosté.

Antes del amanecer llamé un flete para llevar todas mis cosas, unas pocas. El escritorio, los libros, el televisor, en fin: mis pertenencias.

—Si le ayudo a cargar las cosas sale mas caro—me dijo el barbudo del flete que había podido pagar.

—No se haga problema, no se preocupe, don—le dije amablemente a ese hijo de puta.
Cargué en el flete las cosas. Ya estaba todo terminado. Subí en el asiento del acompañante hacia mi nuevo destino. Ni siquiera sabía cuál era.

—¿Se muda?—me dijo el viejo, que iba al volante.

—Algo así—respondí cortante. No tenía ganas de hablar demasiado.

—Hoy en día es normal—me dijo. Ya he hecho varias mudanzas en estos meses. Las parejas ya no son como antes.

En ese momento, el sol del amanecer comenzaba a dar luz a los campos de girasoles al costado de la ruta. Fue allí cuando viví uno de los momentos naturales más lindos que recuerdo haber vivido. Guardé silencio. Me preparaba para sentir el viento fresco de lo que, tal vez, sería mi último amanecer en la aldea.

Cuento del libro Pequeños Relatos Duros (2017, Editorial La Hendija)

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