De «Lo irrisorio y adyacencias»

R. Revagliatti

Escritores argentinos responden una misma pregunta. PARTE 1

“¿TENDRÁS POR ALLÍ ALGUNA SITUACIÓN IRRISORIA DE LA QUE HAYAS SIDO MÁS O MENOS PROTAGONISTA Y QUE NOS QUIERAS CONTAR?”

Foto. N. B.

NORBERTO BARLEAND: Por cierto, he vivido muchas situaciones irrisorias, algunas para comentar, otras, tal vez, no. Hace muchos años asistí a la presentación de un libro; en la mesa, el autor, el invitado a referirse a la obra y el coordinador del ciclo dentro del cual se produciría la presentación del libro. 

Para mi sorpresa, la crítica aguda, filosa del presentador, casi como que no era de su agrado el libro (lo que no sería una actitud para censurar en tanto se puede tomar como de honestidad intelectual ), generó incomodidad.
Reflexiones: la costumbre de halagos, elogios, cierto facilismo en la interpretación, lleva a caminos que (a veces) no acostumbramos a transitar. Ha sido aquel un acontecimiento diferente. Debo señalar que el presentador hizo una valoración elevada, con sólida argumentación y de modo elocuente del autor, no así del libro que presentaba; más allá de la situación que generó en el momento, hubo una apertura hacia un espacio distinto donde la crítica puede ser un juicio severo, no siempre favorable, para atender y considerar.

Foto. M. D. M

MARCELO DI MARCO: Esta anécdota que protagonicé hace unos veinte años sirve para recordar aquello de que el contexto manda. Al poco tiempo de la aparición de las primeras ediciones de “Atreverse a escribir” y “Atreverse a corregir”, el Departamento de Literatura para Niños y Jóvenes de Sudamericana nos convocó a Nomi y a mí a dar una charla en el mítico edificio de Humberto Primo ―hoy remozado y convertido en el cuartel general de Penguin Random House―. La charla que debíamos dar mi esposa y coautora y yo estaba dirigida a docentes, potenciales usuarios, en sus aulas, de esos dos libros nuestros. Gigliola Zecchin, más conocida como Canela, creadora del mencionado Departamento, nos iba presentando a los docentes, a medida que llegaban a la sala.
―Ella es jardinera ―comentó, refiriéndose a una de las participantes, y mi respuesta imbécil no se hizo esperar:
―¡Qué bien! Hace unos años, vi un cartel detrás del mostrador de un vivero que decía: “Si quieres ser feliz una semana, cásate. Si quieres ser feliz toda la vida, hazte jardinero”.
―Ella es maestra jardinera ―aclaró Canela, indulgente.
―Ah.

Foto. F. G. T.

FERNANDO G. TOLEDO: No por ser pocas, sino por ser muchas es que no recuerdo ninguna en particular. Ahora se me presenta la siguiente: tras alguna indisciplina en la escuela secundaria, la preceptora y su peor cara me dijeron: “Mañana, si no venís con tu mamá, no entrás a la escuela”. Yo le repliqué, para cambiarle la cara: “Es que mi mamá está en el cielo”. Esperé a que su cara cambiara y cuando iba a pronunciar algo me di vuelta y le completé: “Es azafata”. A pesar de todo ha de haberle parecido bueno el chiste, porque no volvió a pedirme la compañía de mis padres para seguir en el colegio.

Foto. D. A.

DANIEL ARIAS: Corría el año 1978, en pleno Proceso Militar, ya se había disuelto “El Círculo de los Poetas” como organización cultural poética, y muchos de nosotros nos fuimos alejando como un big-bang de cabotaje: Dejamos de vernos casi todos los días para encontrarnos de vez en cuando en alguna peña o en los salones de la Galería Meridiana o en la Casona de Iván Grondona, pero con algunos seguimos el viaje juntos persiguiendo ensueños. Tal es el caso de mi amigo poeta Daniel Cejas, hoy desaparecido, con el cual compartí una experiencia insólita. 

Daniel se entera de que en la Sociedad Argentina de Escritores se habían organizado talleres literarios de poesía. En esa época mi esposa, Beatriz Arias, era madre por segunda vez, y con los niños chiquitos mucho no podíamos hacer, por lo tanto, el elegido para averiguar fui yo. Combiné con Daniel Cejas y nos fuimos a la SADE Central, en la calle Uruguay. Nos indican que la clase de ese día ya había comenzado y nos tiramos el lance de ingresar a ella. Golpeamos suavemente la puerta alta y con lentitud la abrimos, pasamos, cerramos y nos quedamos de pie, muy quietos.  Enfrentado a la puerta de entrada, sentado, detrás de un escritorio estaba un señor alto y calvo de ojos claros, rodeado de mesas y sillas con veinte o treinta participantes del taller. Interrumpimos sin decir una sola palabra y el silencio fue inmenso. Todos se dieron vuelta para ver quien entró.

El señor se levanta, también él sin decir una sola sílaba, y se acerca resuelto hacia nosotros y nos pregunta: “¿¡Qué quieren acá!?”, y sus ojos nos clavaron contra la pared. De inmediato extrajo del bolsillo de su saco un revolver plateado y nos apuntó al medio del pecho y a menos de cincuenta centímetros. Daniel dijo algo que nadie entendió y yo, mudo, con la mano derecha detrás de mi espalda logré alcanzar el picaporte, lo giré, abrí la puerta y nos deslizamos afuera, bajamos por las escaleras corriendo y nos fuimos. Todavía estamos corriendo por la avenida Santa Fe y juro que nunca más iré a un curso del poeta Osvaldo Rossler.

Foto. A. L. N

ALDO LUIS NOVELLI: Situaciones irrisorias, miles o más, pero a la mayoría no las puedo contar porque la memoria es sabia y se las regaló al olvido. De las que recuerdo, hay una de cuando me dedicaba a la caza mayor, eso fue hace mucho tiempo. Después, perseguido por ecologistas y veganos enfervorizados, decidí dedicarme a la caza fotográfica de pájaros.

Dado que intento poetizar todo en la vida, logrando resultados que bien podrían ser parte de situaciones irrisorias, te dejo el poema que relata dicha situación.

el ars poética del hipopótamo

tus labios de fresa
tus dientes de marfil
tu saliva de licor
esa boca tan cursi
que me provoca
como a un hipopótamo en celo.

de hipopótamos
supe ir de cacería
me escondía detrás de un arbusto
y cuando se acercaba la manada
a beber en la aguada
le aparecía de improviso al último
y con un grito descomunal
le provocaba el susto más grande de su vida.

desaparecido el hipo
el pótamo es un animal
manso y sumiso
casi doméstico
como tu boca.

Foto. C. M. R. S.

CARLOS MARÍA ROMERO SOSA: No sé, a veces pienso benevolente conmigo, que mi timidez ha sido algo así como un antídoto contra el ridículo. Pero quizá para muchos no debe haber algo más ridículo que una persona tímida que, por serlo, suele tener gestos torpes.

Foto. D. B.

DANIEL BARROSO: Era abril de 1983 y habían matado a Raúl Clemente ‘El comandante Roque’ Yager. Nos organizamos, pocos días después, para efectuar una interferencia de Canal 11 a una hora de buena audiencia.

Cada uno se haría cargo de una parte del equipo (básicamente por si caía alguno, que no cayera todo el equipo). El primero en llegar fui yo que empezaría a armar la antena y probar la batería, luego los dos restantes con el transmisor, el casete, cables y etcéteras de conectividad. 

Cuando ya estábamos dentro de la casa, en el barrio de Villa Pueyrredón, con todo en trámite de preparación, suena el timbre y Marisa (la compañera dueña de casa) con cara de pánico nos mira paralizada.

—Atendé, le dije secamente.

—¡Mis suegros!, logró decir entre ahogos.

Todos se miraron al unísono y empezaron a guardar donde podían todo lo que habían llevado. “De aquí en más hay que improvisar”, dijo uno de nosotros y todos asentimos. “Pero ¿qué podemos improvisar tres tipos desconocidos en la casa de la nuera cuando el marido no está?” dije, mientras rebotaba con la batería desde el bajo mesada al baño y viceversa.

—Ya bajo, entonó, casi en un lamento, a quien llamaremos Marisa.

La llegada de los suegros de Marisa nos encontró sentados alrededor de la mesa del comedor, hablando de lo difícil que resultaba cazar avestruces en esa época del año. Casi tropezándose nos levantamos para saludar a la pareja de aspecto “bodas de plata”, a quienes saludábamos estrechándoles la mano, pero con el cuerpo (de la cintura para arriba) torcionado hacia Marisa, haciendo imposible el recorrido sin atropellar sillas o quedar con distensión del nervio ciático. La sonrisa de nosotros tres era una mueca entre chaplinesca y de minusvalía mental, mientras nos amontonábamos como haciendo una barrera para aguantar un chutazo de tiro libre del panadero Díaz.

—Bueno, decile a (supongamos) Orlando que nos vemos cuando regrese, así arreglamos la salida a San Pedro, dijo con desgano uno de nosotros.

—Eso, las carpas ya están aseguradas, remarcó, casi inaudible (digamos) Benjamín.

—Ha sido un gusto, dije yo, mientras nos volvíamos a estrechar las manos en un cruce a lo Laurel y Hardy.

Marisa, nos acompañó hasta la puerta, nos despidió casi a los gritos, no dejaba de suspirar, en realidad estaba al borde del colapso por angustia.

Por suerte, los suegros, se fueron enseguida. Habían llevado “el postre que le gusta a Orlando” para cuando regresara de su comisión de trabajo en el sur. Imprudentemente, el operativo de interferencia se hizo igual, un rato después y un par de llamadas telefónicas de por medio, atendidas como equivocadas por parte de la compañera. El poco tiempo de espera fue en un bar con teléfono de las inmediaciones. Algunos de los parroquianos miraban con asombro a tres dementes que entraron por separado, que ocupaban mesas distintas y que no paraban de reírse.

Foto. R. R. S.

ROGELIO RAMOS SIGNES: Siempre tuve la costumbre de hacer brevísimas introducciones antes de leer un poema en algún recital; no para explicar algo (nada hay que explicar) sino para cortar el clima del poema anterior y empezar de nuevo. Eso mismo hacían mis compañeros de lectura durante muchos años: Maísi Colombo, Ricardo Gandolfo y Manuel Martínez Novillo.

Una vez, durante una lectura frente a un público increíblemente multitudinario, una señora que estaba sentada junto a la poeta Fátima Gatti le dijo en tono confesional: “Me gusta mucho más lo que cuentan antes de cada poema, que los poemas en sí”.

Jajajá. ¡Fracaso total!