La pelota quedó quieta sobre el punto blanco como esa pregunta que nadie se anima a responder. Alrededor, miles de personas esperaban el desenlace de una historia que parecía escrita desde antes del comienzo. Pero las historias verdaderas tienen la costumbre de desobedecer.

El elegido caminó hacia la pelota sin dramatismos. Como quien cruza una calle conocida. Como quien vuelve a la casa donde es feliz. No había desafío en su rostro ni furia en sus movimientos. Apenas la calma extraña de los hombres que ya no tienen nada que demostrar.

El estadio contuvo el aliento.

Entonces llegó el toque.

Y la pelota desobedeció.

Salió desviada de ese destino que la muchedumbre le había asignado. Durante un segundo pareció que el mundo entero se inclinaba detrás de ella, intentando corregir su trayectoria. Pero hay viajes que se realizan en soledad. La pelota siguió su rumbo y el arco quedó vacío, enorme, imposible.

El silencio fue inmediato.

Un silencio raro, espeso, humano.

Y desaparecieron las estatuas, los récords, las copas y los homenajes. Los botines. Quedó un hombre frente a su límite. Un hombre que fallaba como fallan los obreros, las maestras, los maestros, los padres, las madres, los hijos, los enamorados. En fin, como falla cualquiera que se atreve a intentar algo.

Y tal vez por eso la escena resultó tan conmovedora.

Porque la gloria deslumbra, pero el error revela.

Mientras la pelota se perdía detrás del arco, millones comprendieron algo que el fútbol enseña mejor que muchos libros: nadie está a salvo de la incertidumbre. Ni siquiera el elegido.

Luego el partido siguió. La vida también.

Y sobre el pasto quedó flotando una verdad sencilla: incluso los héroes conviven con sus sombras.

Gisela S. Barbarov

imagen. archivo

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