María empezó el gimnasio un martes de lluvia.

Llovía como si el cielo hubiera decidido borrar las calles. El agua golpeaba los techos de chapa, corría por las veredas y hacía del barrio una superficie continua, sin bordes.

Había llegado al gimnasio con una bolsa de lona, una botella de agua y la determinación de quien inaugura una vida nueva.

—Despacio al principio —le dijo el profesor.

Ella asintió.

No sabía todavía que el cuerpo también podía equivocarse antes de aprender.

En la primera sesión hizo piernas, brazos, abdominales. Después una máquina cuyo nombre olvidó inmediatamente. El profesor le indicó un movimiento sencillo.

Lo hizo.

Sintió un tirón.

No fue un dolor inmediato. Primero fue una especie de interrupción. Como si algo dentro de ella hubiera perdido su continuidad.

Después vino el dolor.

Se sentó.

Afuera seguía lloviendo.

El médico habló de un desgarro muscular. Reposo. Nada de esfuerzos. Al menos unas semanas.

María pensó en sus manos.

Era artesana. Trabajaba con ellas desde hacía años: alambre, madera, telas, pequeñas piezas que convertía en objetos que otros llamaban adornos. Ella prefería pensar que eran cosas que todavía no habían decidido qué ser.

Ahora tampoco podía trabajar.

Durante los primeros días creyó que la lluvia era responsable.

Después empezó a mirar por la ventana.

El barrio estaba inundado en algunos sectores. Los árboles goteaban incluso cuando dejaba de llover. Las canaletas desbordadas arrojaban agua contra las paredes.

Una mañana apareció un pato en la vereda. Lo vio desde la ventana. Era un pato pequeño, embarrado, completamente fuera de lugar.

Lo observó durante varios minutos.

El animal avanzó por el agua con una naturalidad que le pareció ofensiva.

María pensó:

Él sabe qué hacer con esto.

Ella no.

Al día siguiente el pato volvió.

O eso creyó.

Era difícil saberlo. Los patos se parecían demasiado entre sí.

Ella empezó a esperarlo.

Cuando aparecía, lo miraba desplazarse entre los charcos. A veces desaparecía detrás de un auto. A veces regresaba por un lugar distinto.

Una tarde, mientras lo observaba, vio algo extraño.

El pato se detuvo frente a un charco.

Miró el agua.

Después miró hacia la ventana.

María tuvo la sensación absurda de que estaba esperando que ella hiciera algo.

—¿Qué querés? —preguntó.

El pato no respondió.

Siguió caminando.

Esa noche intentó volver a trabajar.

Sacó sus herramientas.

El dolor apareció enseguida.

Dejó todo.

Miró sus manos inmóviles sobre la mesa.

Entonces pensó que el desgarro no estaba solamente en el músculo.

Había algo más que se había roto.

Durante años había sabido reconocer materiales: cuándo una madera estaba seca, cuándo un alambre cedía, cuándo una tela necesitaba tensión. Su oficio consistía en ver antes de tocar.

Ahora miraba su propio cuerpo y no sabía verlo.

El médico decía: lesión. Ella veía otra cosa. Una interrupción. Una forma que todavía no sabía cómo usar.

Al día siguiente volvió a llover.

María se acercó a la ventana. El pato estaba allí. Pero esta vez no era un pato.

Durante unos segundos vio un conejo.

No un conejo en el barro, sino la forma precisa de un conejo dentro del cuerpo del animal.

Parpadeó.

Volvió a ser pato.

María retrocedió. Comprendió entonces que el animal no había cambiado. Había cambiado ella. No era necesario decidir qué había visto.

Pato. Conejo. Ambos.

Ninguno.

El dolor le atravesó nuevamente el músculo. María apoyó una mano contra la ventana. Afuera, el animal levantó la cabeza.

Ella sonrió.

Por primera vez desde el desgarro comprendió que no estaba obligada a reconocer inmediatamente aquello que tenía delante. Podía aprenderlo.

Incluso si dolía. Incluso si todavía no sabía qué era.

J. Noriega

imagen. IA

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